miércoles, 4 de agosto de 2010

Vuelo nocturno

Luego de un día preparando pescado frito, carnitas, botanas, de servir refrescos y cerveza a los clientes, de cobrar por hora la renta de los salvavidas y finalmente limpiar la rústica cabaña ubicada en los márgenes de Los Amiales, en el popular balneario de Coquimatlán, Freddy y su mamá abordaron el último camión que pasa por allí, dejándolos nuevamente cerca de su casa, al norte de la población, en la colonia Las Cuevitas. Como todos los días, sustento para él y su madre, es aquel negocio a la orilla de la cristalina agua que corre desde aquel activo ojo de agua.

Ese día, como pocos, las ventas fueron buenas.

En el camión con ruta Jala-Coquimatlán-Colima, Freddy planeaba sus actividades del día siguiente: llegar a tiempo a los exámenes en el Cedart Colima, donde cursaba su último semestre en Danza Escénica.

En la entrada a la colonia, una cuadra antes de llegar, ella buscó en su bolsa las llaves. Revolvió una y otra vez sin encontrarlas.

— ¡¡¡Freddy, las llaves, se me quedaron en Los Amiales!!!

Con gran pesar, aceptaron el olvido. Las llaves habían sido olvidadas en el interior de la cocina.

— No te preocupes, yo voy por ellas, dijo Freddy
— Mira, las dejé sobre la mesa donde picamos la fruta, le dijo la angustiada madre.

***

Luego de bajar del único raite que encontró hacia aquel lugar, Freddy preguntó al propietario de la camioneta Dodge por la hora, -faltan diez para las nueve-, contestó presuroso el hombre de escasos cincuenta años, para luego continuar su viaje hacia la comunidad de Madrid, su destino.
El balneario se hallaba solitario. Con paso rápido se encaminó hacia la rústica cabaña, para ganar tiempo al tiempo.

A esa hora, la noche envolvía aquel lugar con más aislamiento a diferencia del trajín y bullicio del día. Solo el ruido del agua corriendo cuesta abajo interrumpía el canto de los grillos o el aleteo de pájaros nocturnos.

Estando ya en la cabaña y a tientas, caminó despacio sobre tinieblas. Mesas, sillas, escobas, una carretilla, se toparon a su paso. La cocina, atrancada con un pesado refrigerador a escasos centímetros impedía abrirla.

Una vez adentro, buscó las ansiadas llaves. Encontró una caja con un cerillo mismo que nunca encendió. Continuó dando breves pasos y encontró la tina con platos, vasos, cucharas y demás utensilios de uso diario, luego con el exhibidor de frituras, con la estufa de dos quemadores, otra mesa y por fin, la mesa donde preparaban la botana.

Las inquietas manos se movieron una y otra vez entre varios objetos, hasta que por fin aparecieron entre sus dedos. Una vez tomadas, las echó dentro del bolsillo de su short. Como siguiente tarea, buscó la salida, tratando de dejar todo en su lugar, sobre todo aquel pesado objeto que servía para asegurar la cocina.

Salió satisfecho con las llaves. Cruzó aquel puente con troncos de palma. Ya fuera del balneario, respiró hondo disponiéndose a encontrar un raite que lo llevara al pueblo, a su casa. No supo cuanto tiempo pasó allí, en Los Amiales pues esa noche sin luna y las nubes ocultando igualmente las estrellas, le dificultaban precisarlo. Caminó, dejando atrás la cabaña.

El aire soplaba fresco, el insistente cantar de los grillos de momento le robaba la atención y miraba hacia todos lados donde se descubrían solo las figuras de los árboles. Se había acostumbrado a la oscuridad pero no a estar solo en medio de un camino solitario sin nada humano a su alrededor.
Vio el Puente Negro, y apretó el paso. Antes de cruzarlo, miró de reojo la estructura y le pareció ver la figura de alguien acechándole, y sintió un aire helado. Hizo a un lado sus miedos con el tarareo de una canción de moda y la imagen de esos días de exámenes.

Empezó a correr ese trayecto y dejó de hacerlo cuando apareció la carretera. Tomó aire en ese agitado espacio. La recta se presentaba frente de él y a intervalos, se aseguraba de cargar en su bolsillo las llaves.

Las huertas, los maizales, las limoneras, de repente el bramido de vacas, lo sobresaltaban, interponiéndose ante esto con las imágenes del día o las pláticas simples de quien surgiera en su pensamiento.

Había ya caminado un buen trecho parejo y la oscuridad de aquel lugar le aterraba pero pensaba en que todo era normal, él estaba tranquilo, caminando. Las palmeras y los árboles de tamarindo cerraban el abierto camino, como un túnel. De pronto sintió un leve aire helado que atravesaba por todo su cuerpo; es normal en tan despejado lugar, reflexionó. No hizo caso. A ese aire, le siguió un leve silbido, colándose por entre los oídos y paralizando su andar.

Apretó el paso y se imaginó caminando en la unidad deportiva a la que pocas veces asistía; ya voy a empezar a ir, aunque sea los domingos por la tarde, se dijo para relajarse. Caminaba rápido, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por un llamado que provenía del lado izquierdo del camino, claramente lo escuchó, alguien estaba hablándole quedamente: pssstttt… ppppssssttt… ppppppsssssssstttttttttttt…

Aquello no era nada normal.

Otra vez escuchó el llamado: ppppppssssssssssssssttttttttttttttttttttttttttttt

Como pudo, ordenó a sus pies arreciar el movimiento, pero el mismo llamado pasó al otro extremo del camino, ahora a su lado derecho, insistente y muy levemente: pppppssssssssssssssssstttttttt,
pppppppppssssssssssssstttttttt, ppppppppppssssssssssssssssstttttttttttttttttt…

Sintió entonces cómo su piel se erizaba inmediatamente, su pelo se ponía de puntas y pies y manos eran hielo. A su mente vinieron las historias que se decían en ese camino. El enemigo siempre acechaba por ese rumbo. Allí, precisamente allí. Una tercera exclamación fue sentida ahora atrás de su persona. Eso se encontraba atrás de él y lo sentía junto con ese aire helado en todo su ser.

Pppppppppppssssssssssssssssssssssttttttttttttttttttttttttttttttt, ppppppppppppppppssssssssssssssssssssssssssssssttttttttttttttttttt, pppppppppppppssssssssssssssssssssssssssssssssttttttttttttttttttttttttttttttttt...

Sintió que desfallecía. Allí estaba, sobre él, arriba de su cabeza, sobre su humanidad, presa de algo, jalándolo por los aires.

Difícilmente recordó oraciones religiosas. Se encomendó a lo bueno. En su mente se habían borrado las palabras. El poco aliento que tenía le servía para controlar el ritmo del corazón y la respiración.
No supo qué hacer. De repente, unos fuertes ladridos de perros en sus pies lo inmovilizaron por completo. Tenía en sus pies: tres, cuatro, cinco enormes perros ladrándole, con la fuerza de sus ladridos en todo su ser. Eran cancerberos, feroces, casi comiéndoselo. Entonces, una pequeña luz apareció entonces a lo lejos. Era la primera lámpara del puente de la colonia Las Higueras. Señal del pueblo.

Como si lo hubieran soltado del aire, tocó tierra y sus rígidos pies tomaron movimiento otra vez. Caminó o corrió, no supo qué en ese momento. Cerca del poste de luz, aspiró tan fuerte que de inmediato sintió vida en su cuerpo. Sin dejar de caminar, siguió hasta el siguiente poste que bañaba las primeras casas que hay al lado de la carretera y fue como si en ese lugar estuviera nuevamente en casa, refugiado, salvado. Jamás miró hacia atrás.

No salía de su asombro.

Un parpadeo breve, muy breve en el que reconoció el crucero, una calle y abruptamente se vio sentado en la jardinera de su casa, de color azul marino que confuso reconoció. Allí sentado vio todo a su alrededor.

Estaba su casa, sorprendido aún más.

— Freddy, encontré la copia de las llaves en la ventana. Ven cena, porque mañana voy a hacer carne asada para vender.

Freddy reconoció la voz de su mamá. Con un agotamiento en su ser, entró a su casa, luego a su cuarto:

— Ahorita voy, deja descansar, me cansé de caminar tanto, contestó.



Armando Polanco Pérez

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