Cuando llegué de regreso al refugio temporal encontré a Rogelio con la frente bañada de sudor por la fiebre, a pesar del frío terrible que nos envolvía y de estar cubierto con dos cobertores de montaña.
Mi amigo había caído a una barranca fracturándose las dos piernas. Tras mil esfuerzos logré arrastrarlo hasta ese refugio. En su caída perdió su piolet, la radio y los pocos víveres que llevaba. Lo peor, nos habíamos salido de la ruta, por lo que se dificultaría la búsqueda, que ya deberían estar realizando las autoridades.
Qué cara salió la conquista de aquella cumbre, una cumbre que por años fue la fascinación de mi amigo y que empezó la tarde que recibiera una postal de los andes chilenos. Fue un sueño que pronto se convirtió en obsesión: la conquista del majestuoso Aconcagua.
Teníamos ocho días en aquel refugio improvisado, sobreviviendo con la caza de unas ratas leñeras tan grandes que, sin exagerar, semejaban conejos por su tamaño, pero más gordas.
— ¡Tengo sed!, me dijo una tarde.
—Te voy a derretir un poco de nieve.
— ¡No! Quiero agua de coco bien helada.
—Está bien. Voy a partir uno.
De regreso, tras derretir un cuartillo de nieve, le ofrecí el agua a mi amigo, que deliraba.
—Toma tu agua de coco. Bébela despacio.
Dio un sorbo, lo saboreó en su boca sedienta y luego aseguró:
—Es coco de Tecomán.
—Así es, ¿cómo lo supiste?
—Por lo desabrido del agua. A mí me gustan más los cocos de Coquimatlán.
— ¿Por qué?
—Porque tienen el agua más dulce.
—No lo dijiste antes. Pero mañana te parto uno de allá.
En sus delirios, Rogelio perdía la noción de tiempo y lugar. En ocasiones armaba planes como si estuviéramos en Colima, de donde partimos con el único objetivo de conquistar el Aconcagua. Sin embargo, tenía momentos de lucidez.
— ¿Sabes que no fue por mala suerte que caí a la barranca?
— ¿No? Entonces qué fue, ¿una bendición?
—No. Fue la manera que encontró la vida para que me reuniera con Ella.
— ¿Quién es Ella?
—La princesa india que vive en esta montaña. Se marchó poco antes de que llegaras tú.
— ¿Se parece a las princesas de los calendarios aztecas?
No respondió. Se quedó con la mirada perdida. Luego de un instante dijo, sin mirarme:
—Estuvo aquí conmigo. Me pide que no la abandone, que por años me ha esperado. Es tan dulce, tan buena.
Al día siguiente el sol iluminó el sitio en que nos encontrábamos, descubriendo un cielo limpio y brillante, distinto a los días anteriores, que habían sido grises y opacos. Sentí que en un día así sería fácil que los equipos de búsqueda nos encontraran.
Llevado por la emoción le grité:
— ¡Rogelio, Rogelio, mira qué cielo tan hermoso!
Pero mi compañero de aventuras no escuchaba más. Su espíritu había partido al lado de su princesa.
MG Fuentes
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