Nunca me llama por mi nombre: mensita, muchachilla, bonita, así me dice,
Inició el domingo, ahí empezó todo. Decidí irme con Emilio; me llamó para proponerme una salida. De por sí el corazón es incoherente...
No sé qué es lo que más me gusta de él; a veces creo que son sus dientes filosos, otras su actitud teatral (es once años mayor que yo), cosas ridículas. Le gusta Emmanuel, ama el cine y escucha a Leonard Cohen. Cada vez que escucho ese vozarrón me cautivo más, me dan ganas de hacer el amor o de aventarme a una coladera.
Extremadamente incapaz, me convierto en una lasciva tremenda.
Ayer hice el amor muchas, muchas veces. Me abrazó (me hizo el amor), me miró (me hizo el amor), me besó la espalda (me hizo el amor). Hacemos el amor porque nos hemos atrapado.
Antes de tenerme tuvo a una tipa de su edad, eso lo hizo mientras estaba casado. Llegué yo y sigue casado, pero a la otra se le terminó su amoroso presagio. Su esposa, la bruja mayor, le lleva seis años, que no es nada; pero sí, lo agarró igual de estúpido a mí.
A mi madre le dije que se estaba divorciando. Mentira, piensa divorciarse, pero sólo eso. Quiere a Marina (así se llama la bruja mayor), la ama increíblemente: siempre me platica de ella. Ella se burla de él diciéndole que es incapaz de tener otra muchachilla como yo, que quién le hará caso con esa panzota.
Ya le dijo a su mamá, que me tiene, que tiene a una muchachilla; ah, porque a su madre le cuenta todo. Ella lo sobreprotege, a sus 33 años. Se ríe porque le digo que está peor que mi hermano el más chico, y se vuelve a reír cómicamente, como becerro sin leche. A mí me gusta. Tiene los dedos separados, camina como pato, pero a mí me gusta. Es peludo, habla ceceando y de repente casi gritando, pero a mí me gusta.
Ayer que comimos en los mariscos Homero, todos se dieron cuenta de nuestra llegada, porque él gritaba. Saludó a varios tipos, se encontró a uno que era de Sinaloa y, ceceando, le empezó a decir:
— Cabrón, en tu ciudad, no mames, hay un chingo de lana, de casinos. Me tocó ver a una vieja que amenazó con una pistola a un güey y le gritó: “te va a llevar la chingada si no le avanzas, unos vergazos te voy a poner”. Está cabrón por allá.
Y le dije “Emilio, nadie tiene la obligación de escuchar tus pendejadas o tus ministerios públicos, por favor baja la voz”. Se volvió a reír como becerro, y luego se controló. Eso también me gusta un chingo, que me haga caso, aunque a veces dudo que haga lo que yo digo. Si viviéramos juntos, ni madres que me obedecería.
Y tengo que pensar en mí, no siempre le voy a tener, no siempre me va a comprar tarjetitas para mi celular, comiditas; además, a él no le gustan las chiquillas como yo. Anda conmigo porque me le metí como piedrita al zapato, por eso la idea es dejar de escuchar a mi madre, dejar de creer que soy un parásito, estudiar, sí, por internet, historia o sociología; no quiero terminar panzona y amamantando. Ya me resigné. A los 27 terminaré la licenciatura, a los 31 la maestría, y seguramente para esos años ya habrán concluido los amores rencorosos, olorosos, espaciales, terrenales. Un hijo, dos hijos, lloriqueos, pañales, libros, pastel, historias, venganzas, subir de peso, bajar de peso, tristezas, canciones. Con eso de que estoy leyendo a Krishnamurti: "el conocimiento de uno mismo", dice, pero ni madres que me conozco, nomás trato de olfatearme.
Ayer vino por mí y ni siquiera me miró, ni siquiera se hundió en mí como siempre lo hace, sólo me dio un besillo en la frente y le pregunté por qué se portaba así. Nada. Pasemos al café, pedimos un té, luego se puso a contarme de los judíos, de sus hijos y a reírse como becerro. Le pedí que nos fuéramos, que no era justo lo que hacía para una muchacha de veintidós años. Me encabronó. “Está bien, está bien, a dónde quieres ir, preguntó enfadado”. “Vamos a un lugar donde podamos abrazarnos, donde podamos ser nosotros”.
Caminamos, llegamos a su carro, y de la cajuela sacó su pistola y una paca de billetes. Se metió la pistola al pantalón. Trepamos al carro. Leonard Cohen de fondo volvió a aparecer. Yo iba nerviosa, me daba miedo saber que traía un arma y pensé que un día le entraría el odio y me mataría, que me dejaría muerta en esos hoteles tan fríos, porque en los hoteles se da el tono perfecto de nuestro amor.
Lo bueno fue que el cuarto del hotel al que llegamos tenía puesta la música, algo así como Devórame otra vez. Me empezó a besar, yo resistí, le dije que sólo dormiríamos, eso era lo acordado. Le valió, empezó a quitarse la ropa. Dejó la pistola a un ladito. Cuando vi que la panza le brotaba en todo su esplendor nocturno, se me quitó el miedo. Dijo que no fuera payasa, que me desnudara para sentirlo, y que él me cubriría con su alfombra de pelos. Solté la risa, sólo me quité la blusa, luego me miró, sonrió y volvió a hablarme como me gusta: bajito. Ahí es cuando yo lo quería abrazar con las piernas.
Insistió en que me quitara el pantalón. Le dije que olía a pipí porque éste me apretaba y cada que iba al baño y lo quería bajar, de la fuerza que hacía para quitarlo se me salía un chorrito de orines, que por eso andaba media miada. “Qué importa, quítatelo, abrázame, oríname, qué tiene, nos bañamos y ya. Te quiero, mensita, pinche muchacha, me gustas por ocurrente, me gustas porque te pareces a una actriz italiana”. “Mmm, qué coraje”, le dije, y alzó las cejas; “sí, qué coraje que haya una mujer con mis ojos, y más que sea actriz. Mira, toca mis piernas, ves, toca mi panza, ésta es Liliana”. Y nos abrazamos desnudos para dormir.
A otro día llegué temprano a la casa. Mi madre ni me regañó, estaba pálida. Me dijo que la muerte le habló, que ésta era de colores, que le tentó el hueso de la cadera, que la asustó diciéndole: “vengo por ti”. Hasta le rezó un padre nuestro. En el nombre de Dios le dijo que se fuera, y la muerte obediente se marchó. Se morirá mi madre, se morirán sus gritos, sus enfermedades, se morirá ella. En este caso, a veces no sé qué prefiero.
Ayer, Emilio y yo nos tomamos unas fotos con su celular. Como que me está chupando la energía, porque varias arrugas salían en relieve de mi cara. Me estoy haciendo vieja y él está viviendo. Le dije que me pagara con una mariscada. Me complació. “Sólo pásate al asiento de atrás porque llevé el carro a lavar y ya ves como están esos de pendejos, pinches cuachalotes, puro mariguano trabaja en los autolavados; aventaron un balde de agua, me empaparon el asiento y pos te vas a mojar el culo. Mejor te pasas atrás. ¿Te late, bonita? Pero no te ignoro. Voy manejando y, chingón, puedo ir acariciándote la manita”.
Está bien, Emilio. Me paso atrás y entonces vienen de nuevo los paisajes de Colima, de Comala y luego al hotel, panza de buda, pistola y muchachilla que sueña con salir de esta mierda.
Indira Isel Torres Cruz
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