Empezó como si un pequeño pez nadara en su interior. Había periodos de calma y de repente volvía esa sensación; duraba varios días y desaparecía. En las noches, el hombre sentía como pequeñas mordidas, y pasado algún tiempo parecía como si ese animal hubiera crecido tanto, que llegó un momento en que sintió como si tuviera una gran herida que pasara por su cuerpo. Pronto se acostumbró a este dolor, que ya lo sentía como algo común.
Una noche despertó sobresaltado sintiendo unas agujas que traspasaban su piel. La sensación era muy intensa. Estaba aterrado. No podía moverse ni gritar. Entonces, la luz que entraba por la ventana le dejó ver unas patas puntiagudas y llenas de pequeñas garras saliendo de su estómago. Eran las tenazas de un terrible cangrejo. Desgarrando la piel, salió el animal cubierto de sangre y recorrió su cuerpo hasta llegar al suelo.
Todavía lo vio correr por el patio y meterse a los tanques que distribuyen el agua a la ciudad.
Pedro H. Morales Martínez
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