Ser maestro es difícil, y más cuando se trata de enseñar algo a otros escritores. Quienes desean publicar buenos libros —novelas, cuentos, poemas—, aunque sean tímidos, casi siempre poseen una gran personalidad. Podrán permanecer silenciosos durante la exposición, hacer cara de que aceptan las sugerencias, los regaños del instructor, pero casi siempre terminan por conservar sus propias ideas. Si perciben cierta amenaza a su personalidad, que consideran sagrada, simplemente abandonan el campo y siguen por la libre. Pero ser escritor es difícil, de cada cien que buscan el camino, sólo uno o dos lo encuentra. Y sólo uno, de mil, resulta verdaderamente bueno.
El maestro de creación literaria, al contrario de como se hace en otras disciplinas, no se limita a corregir ortografía, estilo, o a sugerir temas. El que trata de mostrar a otro los secretos de la literatura, es una suerte de maestro en el amplio y antiguo sentido de la palabra: enseña a los seres humanos a encontrarse a sí mismos. O en todo caso, a que su alumno busque y encuentre su propia voz.
Todos los seres humanos tenemos ideas, sentimientos, imágenes del mundo, voz propia. Sólo que muy pocos se atreven a hacerla oír. La sociedad humana puede sostenerse sólo en virtud de esas pequeñas o grandes renuncias a nuestra propia libertad, a nuestra voz. Aunque no nos demos cuenta de manera consciente, nos parece normal callar lo que sentimos, proteger con nuestro silencio a los que amamos, a nosotros mismos. Dejamos de ser lo que realmente somos. Y nos parece normal.
El maestro de creación literaria nos dice todo lo contrario. Nos insiste en que somos únicos, que nuestro modo de ver el mundo, la vida, no se parece a ningún otro; cree en los seres individuados, diferenciados. No confía en la manera de pensar, estandarizada, de las masas. Nos enseña el valor de ser nosotros mismos; y nos insiste en que sin valentía, no hay libertad ni individuo. Ni voz. Excepto la de la radio, o la televisión, que puede estar manejada por el gobierno.
El que dirige un taller literario debe poseer un acervo cultural amplio y rico. Saber de estrategias narrativas. Una historia está bien contada siempre que se cuente desde un registro, un tono, una voz verdadera. Pero eso sólo es la mitad del trabajo. La otra mitad es arte, además de un poco o un mucho de fría estrategia. El alumno debe tener opciones, escoger la manera en que contará su historia, y para eso necesita ejemplos. Leer. El maestro debe recomendarle libros en los que pueda encontrar lo que necesita, lo que busca, lo que le permitirá encontrar no sólo su propio camino, sino los recursos, los diferentes modos en que puede transitar por esa vía.
Ser maestro de creación literaria es bastante difícil, pues; pero Jorge Vega, a juzgar por los trabajos publicados en este volumen, lo ha logrado plenamente. De casi todos sus alumnos se puede decir que poseen voces propias. Hay unos mejores que los otros, pero ninguno carece de cierto interés. El grupo es diverso, y de él, aunque ésta no sea la más importante de sus características, hasta se puede decir que es políticamente correcto; es decir, encuentra y representa muchas de las tendencias y grupos que conforman nuestra sociedad. Algunos de ellos, como Álvaro Liñán, poseen un verdadero gusto por la narrativa. Álvaro posee ojos que saben verlo todo, para pasarlo luego a la hoja en blanco. Otros, como Claudia Moreno, miran hacía adentro, hacía su propio y relumbrante insomnio blanco. Los hay evidentemente modernos, o tradicionales. M. G. Fuentes es un heredero nada despreciable del autor anónimo del Lazarillo, igual que Ángel Gaona.
Indira Isel Torres ha aprendido, quizá mejor que ninguno, que el territorio de la literatura es el de la libertad; escribe con valentía, sensualidad, con la intención, no de dar respuestas sino de buscar, de encontrarse. De paso, como quien no quiere la cosa, retrata de excelente manera el mundo en que vive. Diana Selene habita en un sueño delicioso, uno colorido y feliz. Al final, siempre termina por despertar; pero al igual que ella, los lectores de sus historias deseamos que siga y que siga soñando.
Armando Polanco, igual que varios de sus compañeros, cuenta con registros múltiples. Tiene, al igual que M. G. Fuentes y Ángel Gaona, la vena de la picaresca; pero también una manera diáfana, poética de narrar. Su texto Coquimatlán, junto con Sorry, Gisella y Devórame otra vez —de otros dos de sus compañeros—, demuestran que, pese a los prejuicios existentes, los talleres literarios si funcionan. A veces.
Pedro H. Morales es el Casanova del grupo. ¿Y por qué no habría de haber uno en el taller de La Concordia? El calavera melómano de Gisella nos cautiva; lo único que lamentamos es que no se nos permita ver un poco más, que nos impida disfrutar de los placeres del mirón. Esperemos que un día se decida a hacer pleno uso de la libertad que le ofrece la literatura, y nos regale un libro tan voluminoso, divertido y excitante, como las memorias del Casanova original.
Clemente Ramírez y Tomás Espinosa nos demuestran que las formas breves también pueden ser profundas. Aunque ninguno de los textos de Espinosa habla de animales, al menos un par de ellos pudieran denominarse fábulas. Clemente Ramírez nos habla de la armonía existente en el todo, de las relaciones entre las cosas; la perfección de un verso puede encerrar la perfección del verdadero amor, estimularlo, hacer que se mantenga vivo.
Este libro, en muchos sentidos, es un examen de titulación. Varios de los alumnos de Jorge tendrán que empezar a volar solos; pero el taller de La Concordia seguramente será su alma mater. Esperemos que el interés de Vega por la enseñanza no decaiga y, en un año o dos, tengamos un nuevo libro de su taller. No nos comprenderemos como colimenses si no surgen artistas, creadores, que trabajen al respecto.
César Anguiano
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