miércoles, 4 de agosto de 2010

Coquimatlán

El pueblo donde nací era de todos colores; azul el cielo, verdes los mirtos del jardín, rojo el camión pasajero, blanca la leche del almuerzo, amarillo el nixtamal en la tina, moradas las azaleas del patio y negro el pelo de doña Lupe.

Con la lluvia, las calles estrenaban nuevos colores.

Nunca hubo fechas para festejar. Probé pastel por primera vez en casa de Carlos El Prieto, y asomado a una casa vi la primera televisión, una caja que se hacía rayas para todos lados y entonces aparecía gente allí, hablando.

Tragué tierra a escondidas y, descubierto, acepté la tunda y una jarabe que desinfló mi barriga y las ganas de comer tierra.

La calle donde vivía me llevaba al arroyo El Tecol otero, donde me zambullía. Bajé por un camino entre la maleza hasta llegar al ojo de agua virgen, Los Amiales, que salía de entre raíces y piedras.

Los días eran caminos y veredas con güizaches y quemadoras, espinas y ajuates, días enteros en la huerta de mangos, los árboles de guamúchiles y las parotas.

Tendría siete años cuando murió mi padre. Entonces escuché por primera vez la palabra muerte.



Vivía cerca de donde pasaba el tren. Por las ventanillas se asomaban rostros alegres, tristes, serios o pensativos. A mi madre la gustaba viajar en tren. Con ella llegué a ir a El Platanar para ver a la virgen, a Ciudad Guzmán al tianguis o a visitar a mi hermano el soldado en Aten quique y Sayula.

En la estación, mientras llegaba el tren, me unía a otros niños para colocar en los rieles monedas, fichas, pedazos de fierro y piedras que luego serían aplastadas. Al escucharlo de lejos me entraba una emoción y unos nervios, que me hacían correr hasta mi madre; me agarraba fuerte de su mano y me escondía en su regazo.

El tren hacía paradas en algunas estaciones hechas de madera. Subían entonces niños con chiquihuites llenos de guamúchiles, parotas, de tamarindos, nances y guayabillas. Tras ellos subían señoras cargando sobre sus hombros bateas llenas de tamales y tacos. Con los ojos bien abiertos al entrar en los túneles, sólo podía escuchar gritos de otros niños como si fueran jalados por muchas manos desde fuera.

A veces, de tanto ver por las ventanillas terminaba dormido en los brazos de mi madre, arrullado con el jaloneo del tren hacia delante.



Mi madre trabajaba sin parar. Ella era el sabor en la cocina, agua de la llave en el lavadero, fuego atizado en el comal y suavidad enérgica al bañarme.

Sus dedos tenían la exactitud del cilantro, del ajo, la pimienta y el orégano en hervor.

Sus largas trenzas le caían sobre la espalda como cascada de agua nocturna. Iba a misa cubierta con una sevillana que transparentaba su pulcritud. Usaba vestidos de pastelones floreados y calzaba huaraches de piso, que lucían soberbios en sus pies.

En sus ojos cantaba el aire su mejor estribillo.

Por las tardes, le peinaba sus cabellos mientras ella dormía. De diez, fui el último envoltorio de su matriz. Andar con ella calles y ciudades era como darse chapuzones bajo el agua profunda con los ojos bien abiertos, era dibujar figuras con las nubes, respirar la música del aire.

Catalina, la que ora en silencio, sentimiento flotando en la quietud de siglos.



Su madre, Juana, mi abuela, era una mujer de mediana estatura con un lunar en la frente. En su casa, un techo de pajarete y horcones, tenía una mesa de madera con un botellón de barro, un gabinete con vasos de veladora, unos platos de porcelana y tazas de peltre. Tenía también dos sillas de tijera listas para la plática y el descanso.

Con una de sus amigas salía a divertirse con lo único que había en ese tiempo: los bailes con tocadiscos. Una vez aparecida la luna sus pies se impacientaban. Entonces quemaba hueso de mamey para pintar sus cejas, partía betabel para sus chapas, untaba aceite de ricino para el brillo en sus labios y se ponía en el rostro Ángel Face, Polvo Friné y Tabú comprado por gramos en la Perfumería Rojas en Colima.

A su cuarto llegaban los pichones.

Al fondo del patio había una maraña de bejucos que servían de escondite para sus nietos.

Todos los sábados la visitaba mi madre, como pétalo asido al tallo marchito. La visitaba con la misma fe que se tiene por la vida.



Armando Polanco Pérez

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