En una noche de insomnio escucho música blues.
Sus acordes me transportan a los pueblos de Carolina del Sur. Allí, en lo que era una vieja bodega, hoy suena música de blues y jazz que atrae una gran concurrencia, en su mayoría de negros.
Música madre de ritmos, el blues es sufrimiento, protesta; contiene todo el coraje de los afro americanos, que fueron obligados a trabajar como esclavos en las plantaciones de algodón.
Vuela mi mente por nubes de tabaco y bailo con una negra voluptuosa. Magreo sus pechos y me embriago con música, alcohol y los aromas de su sexo. En medio del bullicio de ese lugar siento que late mi ser. Soy todos ellos y soy yo mismo.
Las luces iluminan débilmente el viejo galerón. Los músicos dejan su alma y vida en cada actuación. Se huele en el ambiente el placer, el miedo, la ansiedad, el alcohol.
Quiero bailar hasta el amanecer y llenar mis sentidos de blues. Después me iré por los campos de algodón y tabaco a un hotelucho a las afueras de Charlotte, y allí con la negra Mollee, a quien la luz del día no desprecia, gozaré del placer que ella me sabe dar y volcaré mi esperma en su vientre.
La mente regresará luego de su viaje haciéndole señas obscenas al insomnio, y cansada por los excesos dormirá escuchando un blues hasta bien entrado el día.
Tomás Espinosa
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