Nunca digas de esa agua no he de beber porque en ella te ahogas. Las palabras de su esposa lo sacaron del ensimismamiento. Pues sí, pensó él, pero a mí el agua me llegó por otro lado.
Don Javier respondió así, con la franqueza de quien aprendió la lección y que ahora se muestra humilde. Su tradicional arrogancia y mal humor, por lo menos en ese momento, dieron paso a una actitud poco frecuente en su persona: la humildad.
Todo comenzó días atrás, cuando de la nada sintió un punzante dolor en el abdomen, que le fue creciendo hasta postrarlo en la cama, a él, tan hombre, que nunca se ausentaba del trabajo en el rancho que tenía cerca de Comala. Esto alertó y preocupó a su mujer y sus hijas, acostumbradas a verlo siempre de pie y con una salud que parecía inquebrantable.
Decidieron contratar los servicios de un médico, que lo visitó en su domicilio del barrio El Refugio, donde el hombre tenía fama por su carácter hosco. Sin embargo, quienes lo conocían más de cerca, sabían que, por las buenas, podrían tratar a don Javier sin mayores problemas.
Luego de la auscultación y el interrogatorio, el galeno dictaminó que sufría de un padecimiento intestinal agudo, que requería la inmediata aplicación de un enema… Don Javier escuchó, sin alterarse, las indicaciones del doctor y hasta guardó silencio cuando su mujer le encargó a una de sus hijas que fuera a la farmacia de El Pollo a comprar los implementos que utilizarían. Esperó, también impasible, hasta que su mujer, comedida, le pidió que se colocara en la posición adecuada para insertarle el aparatero.
Fue entonces que el enfermo recobró la compostura para decirla a su mujer, con la voz áspera de siempre, “¡primero muerto que dejar que me metas esa chingadura!” La señora no insistió; sabía lo testarudo que era su marido y prefirió salir de la habitación.
Horas después, la molestia que aquejaba a don Javier se volvió insoportable y no tuvo más remedio que llamar a gritos a su esposa para decirle, con voz doliente: “¡ay, vieja, ya no aguanto; ponme esa chingadera, pero prométeme que nadie se va a enterar de esto!”
El ansiado alivio llegó a las entrañas de don Javier mediante los cálidos efluvios del agua que penetraba en su cuerpo. El hombre suspiró hondo sintiendo una agradable mejoría, que agradecido hizo saber a su mujer, diciéndole: “¡Ay, vieja, con razón hay tanto puto; vieras qué a gusto se siente!”
Ángel Gaona Carrasco
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