miércoles, 4 de agosto de 2010

Cine Colima

Me le había salido a mi esposa Carolina a las cuatro de la tarde diciéndole que mi madre me llamó urgentemente y que a lo mejor me iba a tardar. Le había mentido una vez más, pero ¿qué importaba una raya más al tigre? Tenía la seguridad de que no me preguntaría nada, ya que nunca se había llevado bien con mi madre y hacía tiempo que no se hablaban. Así que no pensaba desaprovechar la oportunidad de salir con Eugenia, muchacha que conocí en el jardín de San Francisco apenas ayer por la mañana.

Entramos al Cine Colima a la función de las seis sin siquiera checar qué película estaba en cartelera. Tampoco me importó, porque no tenía pensado verla. Seguramente platicaríamos para conocernos mejor, y si se descuidaba aprovecharía para robarle un beso, con el que me daría por bien servido. Si se molestaba no me preocuparía, de todas maneras no pensaba volver a verla. El problema no fue robarle un beso, sino que en cuanto lo hice ya no quiso que dejara de besarla. Muy excitada, me pidió marcharnos a un lugar donde estuviéramos solos. Eran las siete de la noche, todavía tenía tres horas para llegar a mi casa sin despertar sospechas.

Al levantarme con Eugenia del brazo alcancé a mirar, de soslayo, que alguien también se incorporaba en las butacas de atrás y que nos seguía como sombra en la oscuridad de la sala. Mientras bajábamos las escaleras del cine sentí que aquella presencia misteriosa aún seguía detrás de mí. Volví el rostro con curiosidad y quedé sorprendido al ver que se trataba de mi suegra María, que había quedado viuda muy joven conservándose todavía en buenas carnes. Desde hacía tiempo comencé a notar que me miraba de manera extraña.

Ella pasó a mi lado con indiferencia.

Muy a mi pesar tuve que dejar ir a Eugenia sin darle ni siquiera un beso de despedida.

Mientras regresaba a mi casa pensaba que quizá mi suegra ya le había chismeado todo a mi mujer. Temeroso, abrí la puerta de entrada y vi a Carolina mirando su telenovela. “Creí que llegarías más tarde”, dijo. Me fui a acostar como si no hubiera pasado nada.

Al otro día tempranito se presentó mi suegra María para desayunar con nosotros. Cuando mi mujer se retiró a lavar los trastes, nervioso por quedarme solo con su mamá, me levanté a prender el estéreo para escuchar algo de música que me ayudara a relajarme.

De pronto sentí un cuerpo tibio pegándose a mi espalda y una mano apretándome la bragueta. Escuché la voz de mi suegra cerquita de la oreja diciéndome:

— ¿Cuándo me llevas al Cine Colima?



Ignacio Ramírez Roque

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