jueves, 5 de agosto de 2010

Taller de Narrativa

Hace más de dos años, con el patrocino de la Secretaría de Cultura, un grupo de alrededor de diez personas nos hemos venido reuniendo todos los martes, de siete de la tarde a nueve de la noche, para hablar de literatura, de la creación, y para escribir cuentos, relatos, crónicas, y hasta borradores de novela.

Lo que encontrarán en este blog es la selección de los mejores trabajos realizados en el taller.

http://tallerdejorgevega.blogspot.com

con referencia a: http://www.facebook.com/?sk=messages (ver en Google Sidewiki)

miércoles, 4 de agosto de 2010

Una noche de blues

En una noche de insomnio escucho música blues.

Sus acordes me transportan a los pueblos de Carolina del Sur. Allí, en lo que era una vieja bodega, hoy suena música de blues y jazz que atrae una gran concurrencia, en su mayoría de negros.

Música madre de ritmos, el blues es sufrimiento, protesta; contiene todo el coraje de los afro americanos, que fueron obligados a trabajar como esclavos en las plantaciones de algodón.

Vuela mi mente por nubes de tabaco y bailo con una negra voluptuosa. Magreo sus pechos y me embriago con música, alcohol y los aromas de su sexo. En medio del bullicio de ese lugar siento que late mi ser. Soy todos ellos y soy yo mismo.

Las luces iluminan débilmente el viejo galerón. Los músicos dejan su alma y vida en cada actuación. Se huele en el ambiente el placer, el miedo, la ansiedad, el alcohol.

Quiero bailar hasta el amanecer y llenar mis sentidos de blues. Después me iré por los campos de algodón y tabaco a un hotelucho a las afueras de Charlotte, y allí con la negra Mollee, a quien la luz del día no desprecia, gozaré del placer que ella me sabe dar y volcaré mi esperma en su vientre.

La mente regresará luego de su viaje haciéndole señas obscenas al insomnio, y cansada por los excesos dormirá escuchando un blues hasta bien entrado el día.




Tomás Espinosa

Toño el policía

Me gusta ser policía, ponerme mi traje negro como un verdadero detective, no como andan esos agentes judiciales. Uso mis lentes de sol, mi pistola y mi celular. Las muchachas de las oficinas que vigilo me dicen que soy el agente más elegante y más guapo que han visto.

Todos los días trabajo. Todos me dicen señor y me regalan coca-colas, hasta diez en un día.

Me encargan asuntos para investigar. Me dicen “Toño, reporta a los malosos que encuentres en las oficinas de gobierno”. Y allí estoy, viendo la facha de los que entran a los edificios que cuido, y con mi celular reporto a mis jefes las personas que me parecen sospechosas.

Dicen que soy el agente estrella. Los compañeros me dieron una medalla por mi valor y aseguran que pronto me van a ascender, pero que para eso necesito entregar reportes más completos, descubrir una red de maleantes y tener dos o tres chivatones que me pasen información.

A veces subo en las camionetas con los agentes que van a una comisión. Ellos me dicen “Toño, quédate en la retaguardia y reporta si alguno de los sospechosos que vamos a detener sale corriendo y se da a la fuga”. Mientras espero, oigo por la radio los reportes de la central.

Tengo amigos de lo mejor, abogados y diputados. Cuando se juntan los diputados en su edificio voy a saludarlos. Sus guaruras ya me conocen. Un diputado me dijo que si quería llegar a ser diputado como él, tenía que entrar a su partido. Pero yo veo que se pelean los de un partido con otro y le dije que no quería ser diputado porque entonces no me van a querer los de los otros partidos. Les digo que quiero seguir siendo policía y luego llegar a ser detective, como esos que vi en una película.

A los abogados los veo todos los días; a todos los saludo, son mis amigos. Todos me quieren. En mi trabajo me siento a gusto, no como en mi barrio, donde los escuincles me molestan, me manchan el traje y me quitan mis cosas.

Algún día voy a ser jefe de grupo para que me den una camioneta y tener ayudantes. Entonces tendré mi casa propia, nada más que cuando pagan me dicen mis compañeros “Toño, fórmate en la fila, a lo mejor te llega tu sobre con todo el retroactivo”, y dicen que cuando me llegue tengo que invitarles una comida a todos. Yo les digo que no, porque necesito ese dinero para comprarme más equipo. Me formo y me dice el que paga “Toño, no te llegó tu sobre, tal vez la próxima quincena”. Pero nunca llega.

Ya fui a hablar con mis jefes. Me dicen que todavía no autorizan mi plaza, pero que va bien el trámite. Espero que sea pronto, ya que necesito otro traje y mi mamá me dice que necesito llevar dinero a la casa, que no me va a mantener toda la vida.



Tomás Espinosa

Libertad

Estoy aquí con la ropa limpia, con mucha comida, una buena cama, cobijas y agua calientita. Estoy aquí con mucha gente que camina y habla, que corre de un lado a otro de los cuartos. Pero allá, allá me gustaba más; me gustaba oír la música que tocan en los portales, ir de aquí para allá, vagar, cantar y llorar, verme en los espejos que hay en las tiendas del centro, de la calle Madero, ir al jardín y sentarme con otros como yo. Me gusta más, también, irme a lo oscurito y hacer cosas que me dan mucho gusto, como levantarme el vestido y, sin calzones, orinarme en el andador. Tal vez por eso me trajeron aquí. Por eso.



Pedro H. Morales Martínez

Terminal

Empezó como si un pequeño pez nadara en su interior. Había periodos de calma y de repente volvía esa sensación; duraba varios días y desaparecía. En las noches, el hombre sentía como pequeñas mordidas, y pasado algún tiempo parecía como si ese animal hubiera crecido tanto, que llegó un momento en que sintió como si tuviera una gran herida que pasara por su cuerpo. Pronto se acostumbró a este dolor, que ya lo sentía como algo común.

Una noche despertó sobresaltado sintiendo unas agujas que traspasaban su piel. La sensación era muy intensa. Estaba aterrado. No podía moverse ni gritar. Entonces, la luz que entraba por la ventana le dejó ver unas patas puntiagudas y llenas de pequeñas garras saliendo de su estómago. Eran las tenazas de un terrible cangrejo. Desgarrando la piel, salió el animal cubierto de sangre y recorrió su cuerpo hasta llegar al suelo.

Todavía lo vio correr por el patio y meterse a los tanques que distribuyen el agua a la ciudad.




Pedro H. Morales Martínez

Indecisión

Ella dejó caer la bata… Se arrepintió, y se la puso de nuevo.

Pedro H. Morales Martínez

Sorry, Gisella

Con mi mochila al hombro caminaba por las calles desiertas de la ciudad y encendía otro cigarro mientras pensaba que quizá no encontraría, a esa hora, ningún café abierto donde pudiera tranquilizarme un poco y ordenar mis pensamientos.

Comenzó a llover, algo que no me preocupaba mucho porque traía puesta la chamarra de piel que Gisella me regaló en mi cumpleaños, hacía apenas unos meses.

Movía la cabeza de un lado a otro como si no creyera aún lo que me había pasado, como si no fuera yo al que habían corrido, esta vez de manera definitiva, del departamento aquel tan acogedor donde viví con Gisella los últimos cinco años.

Frente a mí encontré una tienda Oxxo aún abierta. “¡Lárgate, infeliz!” Todavía resonaban en mis oídos las palabras de Gisella.

Al entrar en el Oxxo me sorprendió escuchar música de The Hollies, uno de mis grupos favoritos. Eloise, era el nombre de la canción que se escuchaba en ese momento. Había tres empleadas en la tienda; mientras dos de ellas acomodaban refrescos de lata en los refrigeradores, la más jovencita, que era quien tenía su grabadora sintonizada en la estación con música de los setenta, se encontraba detrás de la caja registradora. Era, con mucho, la más guapa de las tres. Vestía una minifalda con la que no era necesario imaginarse cómo tendría las piernas.

Fui hasta uno de los refrigeradores para tomar un té negro Arizona. Mientras lo bebía miré cómo disminuía la lluvia, convirtiéndose en un sereno.

— ¿Cuánto es del té?, le pregunté a una de las empleadas que seguían metiendo latas.
— Allá te cobran en la caja.
— Disculpa.
— No hay cuidado, ¿Vas de viaje? Me lo preguntó seguramente por la mochila que llevaba al hombro.
— No.

“¡No quiero volverte a ver, desgraciado! ¡Nunca más! ¡Oíste! ¡Nunca más!” Hice memoria tratando de recordar si en otra ocasión Gisella me había insultado más. ¡Claro que no iba de viaje! ¿O tal vez sí? Pensándolo bien estaría bueno largarme por un tiempo de Colima. Me haría bien un cambio de aires, otros rumbos, nuevas mujeres. Los Ángeles, tal vez; desaparecérmele a Gisella por un tiempo, que sienta lo que es la soledad. Que cuando me busque ya no me encuentre, como siempre. Qué gusto me daría cuando me llame y pudiera decirle que me encontraba en Nueva York, en Tokio, en Barcelona, en cualquier país lejano donde no pudiera encontrarme tan fácilmente. ¿Dónde dices que estás? Ja, ja, ja, ja. ¡Si tú nunca has salido más allá del Trapiche!”

— No, no voy de viaje—. No tenía caso contarle a esa empleada mis problemas. ¿Para qué? Nada iba a importarle, ni podía decirle, además, que si andaba a esas horas de la madrugada y en la calle, mojándome bajo la lluvia, buscando un lugar donde guarecerme, no era por mi gusto. ¿Cómo decirle que me habían echado de mi departamento? ¡Eres un canalla, un cínico, un desgraciado!”


Pocos minutos después, las muchachas que estaban metiendo latas en los refrigeradores se marcharon. Eran las dos de la mañana. Continuaba escuchándose la música de The Hollies en la grabadora. Tal vez era un disco compacto y no una estación lo que escuchaba aquella muchacha. Casi estaba seguro que la canción era “Carrie Anne”, si aún no me fallaba la memoria.

Me dirigí a la caja, tras la cual se encontraba la jovencita aquella. Pagaría el té y saldría nuevamente a la calle, a seguir buscando un café abierto donde pensaba decidir de una buena vez qué haría con mi vida. No tenía caso hospedarme en un hotel; estaba seguro de que con mis pensamientos enmarañados no podría dormir. Mejor esperaría el amanecer mientras fumaba cigarrillos escondido detrás de un buen café, caliente y sin azúcar.

Después de pagar la cuenta y echar una última mirada lasciva a las piernas de la cajera, me dirigí a la puerta de salida. Antes de abrir, de manera inconsciente miré el ticket, notando sorprendido que la cuenta era por veintiocho pesos, cuando una lata de té Arizona cuesta sólo nueve pesos con noventa centavos. Al volverme para reclamar el cobro de más, en la grabadora se escuchó una de las canciones de The Hollies que siempre ha sido de mis preferidas, junto con aquella de Long cool woman in a black dress; La mujer de negro, en español. Pero por más que hice memoria, no lograba recordar el título, pensando que eso se debía quizás al problema tan grande que traía.

Me alegró, en cierta manera, que la cajera me hubiera cobrado de más, ya que eso sirvió para que pudiera contemplarla un rato más y disfrutar también de mi canción favorita, que a pesar de lo mal que me sentía, me levantó un poco el ánimo recordándome otros tiempos, otros lugares, otras mujeres. Pero lo que no lograba recordar, por más que puse a funcionar mi memoria, era el nombre de la canción que estaba escuchándose.

— Es que en la computadora aparece que también llevas un sándwich, pero ahorita te cobro lo que debe ser.

No podía evitar mirarle las piernas; tampoco quería dejar de hacerlo.

— ¿No sabes si hay por aquí cerca un café abierto toda la noche?
— Yo también aquí vendo café… y se me quedó viendo a los ojos.

Mi canción favorita de The Hollies se terminó sin que pudiera recordar cómo se llamaba, aunque estaba seguro que tenía nombre de mujer. Ahora se escuchaba Dear Eloise.


Casi seis horas después, mientras la cajera del Oxxo se daba una ducha, aproveché para fumarme un cigarrillo muy tranquilamente, recostado sobre la cama en la habitación de un hotel.

Pensé que tal vez a esas horas Gisella ya habría estado llamándome al celular, buscándome para saber dónde andaba. De todas maneras no pensaba contestarle, ya que por eso lo había apagado. Recordé de pronto que la cajera del Oxxo aún no me decía su nombre, ¿o sí, y lo olvidé por lo confundido que me sentía anoche? ¿Sandy? ¡“Sandy” era el nombre de la canción de The Hollies que no podía recordar!

¡Cómo me habría gustado poder contestar la llamada de Gisella, pero desde otro país! Sonreía para mis adentros mientras le daba una nueva fumada a mi cigarrillo. ¿Y si Gisella llegara a enterarse que nuevamente estoy en un hotel de paso con una bella jovencita a la que recién acabo de conocer, y que ni siquiera sé cómo se llama? De seguro me echaría otra vez, como siempre.

Contestarle esa llamada y hacerlo en otro idioma, en inglés tal vez:

— ¡Sorry, Gisella!

Ignacio Ramírez Roque

Cine Colima

Me le había salido a mi esposa Carolina a las cuatro de la tarde diciéndole que mi madre me llamó urgentemente y que a lo mejor me iba a tardar. Le había mentido una vez más, pero ¿qué importaba una raya más al tigre? Tenía la seguridad de que no me preguntaría nada, ya que nunca se había llevado bien con mi madre y hacía tiempo que no se hablaban. Así que no pensaba desaprovechar la oportunidad de salir con Eugenia, muchacha que conocí en el jardín de San Francisco apenas ayer por la mañana.

Entramos al Cine Colima a la función de las seis sin siquiera checar qué película estaba en cartelera. Tampoco me importó, porque no tenía pensado verla. Seguramente platicaríamos para conocernos mejor, y si se descuidaba aprovecharía para robarle un beso, con el que me daría por bien servido. Si se molestaba no me preocuparía, de todas maneras no pensaba volver a verla. El problema no fue robarle un beso, sino que en cuanto lo hice ya no quiso que dejara de besarla. Muy excitada, me pidió marcharnos a un lugar donde estuviéramos solos. Eran las siete de la noche, todavía tenía tres horas para llegar a mi casa sin despertar sospechas.

Al levantarme con Eugenia del brazo alcancé a mirar, de soslayo, que alguien también se incorporaba en las butacas de atrás y que nos seguía como sombra en la oscuridad de la sala. Mientras bajábamos las escaleras del cine sentí que aquella presencia misteriosa aún seguía detrás de mí. Volví el rostro con curiosidad y quedé sorprendido al ver que se trataba de mi suegra María, que había quedado viuda muy joven conservándose todavía en buenas carnes. Desde hacía tiempo comencé a notar que me miraba de manera extraña.

Ella pasó a mi lado con indiferencia.

Muy a mi pesar tuve que dejar ir a Eugenia sin darle ni siquiera un beso de despedida.

Mientras regresaba a mi casa pensaba que quizá mi suegra ya le había chismeado todo a mi mujer. Temeroso, abrí la puerta de entrada y vi a Carolina mirando su telenovela. “Creí que llegarías más tarde”, dijo. Me fui a acostar como si no hubiera pasado nada.

Al otro día tempranito se presentó mi suegra María para desayunar con nosotros. Cuando mi mujer se retiró a lavar los trastes, nervioso por quedarme solo con su mamá, me levanté a prender el estéreo para escuchar algo de música que me ayudara a relajarme.

De pronto sentí un cuerpo tibio pegándose a mi espalda y una mano apretándome la bragueta. Escuché la voz de mi suegra cerquita de la oreja diciéndome:

— ¿Cuándo me llevas al Cine Colima?



Ignacio Ramírez Roque

Vuelo nocturno

Luego de un día preparando pescado frito, carnitas, botanas, de servir refrescos y cerveza a los clientes, de cobrar por hora la renta de los salvavidas y finalmente limpiar la rústica cabaña ubicada en los márgenes de Los Amiales, en el popular balneario de Coquimatlán, Freddy y su mamá abordaron el último camión que pasa por allí, dejándolos nuevamente cerca de su casa, al norte de la población, en la colonia Las Cuevitas. Como todos los días, sustento para él y su madre, es aquel negocio a la orilla de la cristalina agua que corre desde aquel activo ojo de agua.

Ese día, como pocos, las ventas fueron buenas.

En el camión con ruta Jala-Coquimatlán-Colima, Freddy planeaba sus actividades del día siguiente: llegar a tiempo a los exámenes en el Cedart Colima, donde cursaba su último semestre en Danza Escénica.

En la entrada a la colonia, una cuadra antes de llegar, ella buscó en su bolsa las llaves. Revolvió una y otra vez sin encontrarlas.

— ¡¡¡Freddy, las llaves, se me quedaron en Los Amiales!!!

Con gran pesar, aceptaron el olvido. Las llaves habían sido olvidadas en el interior de la cocina.

— No te preocupes, yo voy por ellas, dijo Freddy
— Mira, las dejé sobre la mesa donde picamos la fruta, le dijo la angustiada madre.

***

Luego de bajar del único raite que encontró hacia aquel lugar, Freddy preguntó al propietario de la camioneta Dodge por la hora, -faltan diez para las nueve-, contestó presuroso el hombre de escasos cincuenta años, para luego continuar su viaje hacia la comunidad de Madrid, su destino.
El balneario se hallaba solitario. Con paso rápido se encaminó hacia la rústica cabaña, para ganar tiempo al tiempo.

A esa hora, la noche envolvía aquel lugar con más aislamiento a diferencia del trajín y bullicio del día. Solo el ruido del agua corriendo cuesta abajo interrumpía el canto de los grillos o el aleteo de pájaros nocturnos.

Estando ya en la cabaña y a tientas, caminó despacio sobre tinieblas. Mesas, sillas, escobas, una carretilla, se toparon a su paso. La cocina, atrancada con un pesado refrigerador a escasos centímetros impedía abrirla.

Una vez adentro, buscó las ansiadas llaves. Encontró una caja con un cerillo mismo que nunca encendió. Continuó dando breves pasos y encontró la tina con platos, vasos, cucharas y demás utensilios de uso diario, luego con el exhibidor de frituras, con la estufa de dos quemadores, otra mesa y por fin, la mesa donde preparaban la botana.

Las inquietas manos se movieron una y otra vez entre varios objetos, hasta que por fin aparecieron entre sus dedos. Una vez tomadas, las echó dentro del bolsillo de su short. Como siguiente tarea, buscó la salida, tratando de dejar todo en su lugar, sobre todo aquel pesado objeto que servía para asegurar la cocina.

Salió satisfecho con las llaves. Cruzó aquel puente con troncos de palma. Ya fuera del balneario, respiró hondo disponiéndose a encontrar un raite que lo llevara al pueblo, a su casa. No supo cuanto tiempo pasó allí, en Los Amiales pues esa noche sin luna y las nubes ocultando igualmente las estrellas, le dificultaban precisarlo. Caminó, dejando atrás la cabaña.

El aire soplaba fresco, el insistente cantar de los grillos de momento le robaba la atención y miraba hacia todos lados donde se descubrían solo las figuras de los árboles. Se había acostumbrado a la oscuridad pero no a estar solo en medio de un camino solitario sin nada humano a su alrededor.
Vio el Puente Negro, y apretó el paso. Antes de cruzarlo, miró de reojo la estructura y le pareció ver la figura de alguien acechándole, y sintió un aire helado. Hizo a un lado sus miedos con el tarareo de una canción de moda y la imagen de esos días de exámenes.

Empezó a correr ese trayecto y dejó de hacerlo cuando apareció la carretera. Tomó aire en ese agitado espacio. La recta se presentaba frente de él y a intervalos, se aseguraba de cargar en su bolsillo las llaves.

Las huertas, los maizales, las limoneras, de repente el bramido de vacas, lo sobresaltaban, interponiéndose ante esto con las imágenes del día o las pláticas simples de quien surgiera en su pensamiento.

Había ya caminado un buen trecho parejo y la oscuridad de aquel lugar le aterraba pero pensaba en que todo era normal, él estaba tranquilo, caminando. Las palmeras y los árboles de tamarindo cerraban el abierto camino, como un túnel. De pronto sintió un leve aire helado que atravesaba por todo su cuerpo; es normal en tan despejado lugar, reflexionó. No hizo caso. A ese aire, le siguió un leve silbido, colándose por entre los oídos y paralizando su andar.

Apretó el paso y se imaginó caminando en la unidad deportiva a la que pocas veces asistía; ya voy a empezar a ir, aunque sea los domingos por la tarde, se dijo para relajarse. Caminaba rápido, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por un llamado que provenía del lado izquierdo del camino, claramente lo escuchó, alguien estaba hablándole quedamente: pssstttt… ppppssssttt… ppppppsssssssstttttttttttt…

Aquello no era nada normal.

Otra vez escuchó el llamado: ppppppssssssssssssssttttttttttttttttttttttttttttt

Como pudo, ordenó a sus pies arreciar el movimiento, pero el mismo llamado pasó al otro extremo del camino, ahora a su lado derecho, insistente y muy levemente: pppppssssssssssssssssstttttttt,
pppppppppssssssssssssstttttttt, ppppppppppssssssssssssssssstttttttttttttttttt…

Sintió entonces cómo su piel se erizaba inmediatamente, su pelo se ponía de puntas y pies y manos eran hielo. A su mente vinieron las historias que se decían en ese camino. El enemigo siempre acechaba por ese rumbo. Allí, precisamente allí. Una tercera exclamación fue sentida ahora atrás de su persona. Eso se encontraba atrás de él y lo sentía junto con ese aire helado en todo su ser.

Pppppppppppssssssssssssssssssssssttttttttttttttttttttttttttttttt, ppppppppppppppppssssssssssssssssssssssssssssssttttttttttttttttttt, pppppppppppppssssssssssssssssssssssssssssssssttttttttttttttttttttttttttttttttt...

Sintió que desfallecía. Allí estaba, sobre él, arriba de su cabeza, sobre su humanidad, presa de algo, jalándolo por los aires.

Difícilmente recordó oraciones religiosas. Se encomendó a lo bueno. En su mente se habían borrado las palabras. El poco aliento que tenía le servía para controlar el ritmo del corazón y la respiración.
No supo qué hacer. De repente, unos fuertes ladridos de perros en sus pies lo inmovilizaron por completo. Tenía en sus pies: tres, cuatro, cinco enormes perros ladrándole, con la fuerza de sus ladridos en todo su ser. Eran cancerberos, feroces, casi comiéndoselo. Entonces, una pequeña luz apareció entonces a lo lejos. Era la primera lámpara del puente de la colonia Las Higueras. Señal del pueblo.

Como si lo hubieran soltado del aire, tocó tierra y sus rígidos pies tomaron movimiento otra vez. Caminó o corrió, no supo qué en ese momento. Cerca del poste de luz, aspiró tan fuerte que de inmediato sintió vida en su cuerpo. Sin dejar de caminar, siguió hasta el siguiente poste que bañaba las primeras casas que hay al lado de la carretera y fue como si en ese lugar estuviera nuevamente en casa, refugiado, salvado. Jamás miró hacia atrás.

No salía de su asombro.

Un parpadeo breve, muy breve en el que reconoció el crucero, una calle y abruptamente se vio sentado en la jardinera de su casa, de color azul marino que confuso reconoció. Allí sentado vio todo a su alrededor.

Estaba su casa, sorprendido aún más.

— Freddy, encontré la copia de las llaves en la ventana. Ven cena, porque mañana voy a hacer carne asada para vender.

Freddy reconoció la voz de su mamá. Con un agotamiento en su ser, entró a su casa, luego a su cuarto:

— Ahorita voy, deja descansar, me cansé de caminar tanto, contestó.



Armando Polanco Pérez

Coquimatlán

El pueblo donde nací era de todos colores; azul el cielo, verdes los mirtos del jardín, rojo el camión pasajero, blanca la leche del almuerzo, amarillo el nixtamal en la tina, moradas las azaleas del patio y negro el pelo de doña Lupe.

Con la lluvia, las calles estrenaban nuevos colores.

Nunca hubo fechas para festejar. Probé pastel por primera vez en casa de Carlos El Prieto, y asomado a una casa vi la primera televisión, una caja que se hacía rayas para todos lados y entonces aparecía gente allí, hablando.

Tragué tierra a escondidas y, descubierto, acepté la tunda y una jarabe que desinfló mi barriga y las ganas de comer tierra.

La calle donde vivía me llevaba al arroyo El Tecol otero, donde me zambullía. Bajé por un camino entre la maleza hasta llegar al ojo de agua virgen, Los Amiales, que salía de entre raíces y piedras.

Los días eran caminos y veredas con güizaches y quemadoras, espinas y ajuates, días enteros en la huerta de mangos, los árboles de guamúchiles y las parotas.

Tendría siete años cuando murió mi padre. Entonces escuché por primera vez la palabra muerte.



Vivía cerca de donde pasaba el tren. Por las ventanillas se asomaban rostros alegres, tristes, serios o pensativos. A mi madre la gustaba viajar en tren. Con ella llegué a ir a El Platanar para ver a la virgen, a Ciudad Guzmán al tianguis o a visitar a mi hermano el soldado en Aten quique y Sayula.

En la estación, mientras llegaba el tren, me unía a otros niños para colocar en los rieles monedas, fichas, pedazos de fierro y piedras que luego serían aplastadas. Al escucharlo de lejos me entraba una emoción y unos nervios, que me hacían correr hasta mi madre; me agarraba fuerte de su mano y me escondía en su regazo.

El tren hacía paradas en algunas estaciones hechas de madera. Subían entonces niños con chiquihuites llenos de guamúchiles, parotas, de tamarindos, nances y guayabillas. Tras ellos subían señoras cargando sobre sus hombros bateas llenas de tamales y tacos. Con los ojos bien abiertos al entrar en los túneles, sólo podía escuchar gritos de otros niños como si fueran jalados por muchas manos desde fuera.

A veces, de tanto ver por las ventanillas terminaba dormido en los brazos de mi madre, arrullado con el jaloneo del tren hacia delante.



Mi madre trabajaba sin parar. Ella era el sabor en la cocina, agua de la llave en el lavadero, fuego atizado en el comal y suavidad enérgica al bañarme.

Sus dedos tenían la exactitud del cilantro, del ajo, la pimienta y el orégano en hervor.

Sus largas trenzas le caían sobre la espalda como cascada de agua nocturna. Iba a misa cubierta con una sevillana que transparentaba su pulcritud. Usaba vestidos de pastelones floreados y calzaba huaraches de piso, que lucían soberbios en sus pies.

En sus ojos cantaba el aire su mejor estribillo.

Por las tardes, le peinaba sus cabellos mientras ella dormía. De diez, fui el último envoltorio de su matriz. Andar con ella calles y ciudades era como darse chapuzones bajo el agua profunda con los ojos bien abiertos, era dibujar figuras con las nubes, respirar la música del aire.

Catalina, la que ora en silencio, sentimiento flotando en la quietud de siglos.



Su madre, Juana, mi abuela, era una mujer de mediana estatura con un lunar en la frente. En su casa, un techo de pajarete y horcones, tenía una mesa de madera con un botellón de barro, un gabinete con vasos de veladora, unos platos de porcelana y tazas de peltre. Tenía también dos sillas de tijera listas para la plática y el descanso.

Con una de sus amigas salía a divertirse con lo único que había en ese tiempo: los bailes con tocadiscos. Una vez aparecida la luna sus pies se impacientaban. Entonces quemaba hueso de mamey para pintar sus cejas, partía betabel para sus chapas, untaba aceite de ricino para el brillo en sus labios y se ponía en el rostro Ángel Face, Polvo Friné y Tabú comprado por gramos en la Perfumería Rojas en Colima.

A su cuarto llegaban los pichones.

Al fondo del patio había una maraña de bejucos que servían de escondite para sus nietos.

Todos los sábados la visitaba mi madre, como pétalo asido al tallo marchito. La visitaba con la misma fe que se tiene por la vida.



Armando Polanco Pérez

Corre el agua en mis zapatos

En toda la mañana no ha dejado de llover; qué bien, creo que por fin alguien se apiadó de mí. Odio los días amarillos cuando veo todo gris. Disfruto tanto cuando me despierta la lluvia, matiza mi estado de ánimo y el gris de pronto se convierte en azul. De cierta manera es irónico, porque si veo todo azul —que me gusta el azul— podría levantarme al instante, pero la colcha y yo nos volvemos una sola cosa; no sé si ella me tapa o yo a ella. Lo importante es que ahí estoy, de regreso a cerrar los ojos para soñar, encontrarme en otro mundo, en otro paisaje, con otros personajes más divertidos que quizás aún no he logrado conocer.

La lluvia disminuye, se convierte en una leve llovizna, pero qué más da, si yo he vuelto a soñar y afortunadamente he regresado justo en el capítulo en que el trueno salvajemente me despertó hace unos instantes. Estoy allí siendo otra y a la vez yo misma, caminando en un callejón que se ha convertido en laberinto, un laberinto verde con olor a flores. De pronto empiezo a correr y encuentro una calle tapizada de zapatos, de todos los colores, modelos y tamaños; camino desconcentrada, ¡¿quién pudo olvidar tantos pares?! Pero qué más da, si puedo tomar unos cuantos... Sí... esos de tacón alto con flores verdes se le verían bien a un vestido que no tengo, pero que después podría conseguir en alguna tienda, o en otro sueño en el que otro alguien decidiera cambiar de armario y poner toda su ropa en un laberinto verde.

De pronto la calle está oscura, sólo los colores brillantes de los zapatos iluminan el camino. Trato de apresurarme antes de que decidan apagarse y deje de verlos... He tomado unos azules de grandes listones delgados; creo que podré amarrarlos bien en mis tobillos. Decido probármelos y ver lo bien que lucirán en mis pies. Quiero caminar con ellos, pero se han convertido en agua. ¡No!, grito sorprendida y molesta, ¡¡¡no otra vez!!! ¿Por qué el sueño me recuerda que es un sueño nada más, justo en el momento más importante?

Los colores se han ido, todos los zapatos también. La calle se apagó y no logré probarme ni siquiera tres pares más y ver los caminos a los que me conducirían. Quería unos tenis rojos de aspecto grotesco y unas plataformas negras, pero ya no hay luz; los zapatos se apagaron y sólo queda agua en pies. Descalza, trato de caminar pero cada vez hay más agua y más agua… ¡¡¡ay!!!, grito nuevamente.

Un trueno me hace abrir los ojos. ¡Cielos! Olvidé cerrar la ventana, el agua se metió a mi cuarto y en toda la mañana no ha dejado de llover.


Diana Selene Peña Vélez

Un hombre respetable

Nunca digas de esa agua no he de beber porque en ella te ahogas. Las palabras de su esposa lo sacaron del ensimismamiento. Pues sí, pensó él, pero a mí el agua me llegó por otro lado.

Don Javier respondió así, con la franqueza de quien aprendió la lección y que ahora se muestra humilde. Su tradicional arrogancia y mal humor, por lo menos en ese momento, dieron paso a una actitud poco frecuente en su persona: la humildad.

Todo comenzó días atrás, cuando de la nada sintió un punzante dolor en el abdomen, que le fue creciendo hasta postrarlo en la cama, a él, tan hombre, que nunca se ausentaba del trabajo en el rancho que tenía cerca de Comala. Esto alertó y preocupó a su mujer y sus hijas, acostumbradas a verlo siempre de pie y con una salud que parecía inquebrantable.

Decidieron contratar los servicios de un médico, que lo visitó en su domicilio del barrio El Refugio, donde el hombre tenía fama por su carácter hosco. Sin embargo, quienes lo conocían más de cerca, sabían que, por las buenas, podrían tratar a don Javier sin mayores problemas.

Luego de la auscultación y el interrogatorio, el galeno dictaminó que sufría de un padecimiento intestinal agudo, que requería la inmediata aplicación de un enema… Don Javier escuchó, sin alterarse, las indicaciones del doctor y hasta guardó silencio cuando su mujer le encargó a una de sus hijas que fuera a la farmacia de El Pollo a comprar los implementos que utilizarían. Esperó, también impasible, hasta que su mujer, comedida, le pidió que se colocara en la posición adecuada para insertarle el aparatero.

Fue entonces que el enfermo recobró la compostura para decirla a su mujer, con la voz áspera de siempre, “¡primero muerto que dejar que me metas esa chingadura!” La señora no insistió; sabía lo testarudo que era su marido y prefirió salir de la habitación.

Horas después, la molestia que aquejaba a don Javier se volvió insoportable y no tuvo más remedio que llamar a gritos a su esposa para decirle, con voz doliente: “¡ay, vieja, ya no aguanto; ponme esa chingadera, pero prométeme que nadie se va a enterar de esto!”

El ansiado alivio llegó a las entrañas de don Javier mediante los cálidos efluvios del agua que penetraba en su cuerpo. El hombre suspiró hondo sintiendo una agradable mejoría, que agradecido hizo saber a su mujer, diciéndole: “¡Ay, vieja, con razón hay tanto puto; vieras qué a gusto se siente!”



Ángel Gaona Carrasco

La atracción de la cumbre

Cuando llegué de regreso al refugio temporal encontré a Rogelio con la frente bañada de sudor por la fiebre, a pesar del frío terrible que nos envolvía y de estar cubierto con dos cobertores de montaña.

Mi amigo había caído a una barranca fracturándose las dos piernas. Tras mil esfuerzos logré arrastrarlo hasta ese refugio. En su caída perdió su piolet, la radio y los pocos víveres que llevaba. Lo peor, nos habíamos salido de la ruta, por lo que se dificultaría la búsqueda, que ya deberían estar realizando las autoridades.

Qué cara salió la conquista de aquella cumbre, una cumbre que por años fue la fascinación de mi amigo y que empezó la tarde que recibiera una postal de los andes chilenos. Fue un sueño que pronto se convirtió en obsesión: la conquista del majestuoso Aconcagua.

Teníamos ocho días en aquel refugio improvisado, sobreviviendo con la caza de unas ratas leñeras tan grandes que, sin exagerar, semejaban conejos por su tamaño, pero más gordas.

— ¡Tengo sed!, me dijo una tarde.
—Te voy a derretir un poco de nieve.
— ¡No! Quiero agua de coco bien helada.
—Está bien. Voy a partir uno.

De regreso, tras derretir un cuartillo de nieve, le ofrecí el agua a mi amigo, que deliraba.

—Toma tu agua de coco. Bébela despacio.

Dio un sorbo, lo saboreó en su boca sedienta y luego aseguró:

—Es coco de Tecomán.
—Así es, ¿cómo lo supiste?
—Por lo desabrido del agua. A mí me gustan más los cocos de Coquimatlán.
— ¿Por qué?
—Porque tienen el agua más dulce.
—No lo dijiste antes. Pero mañana te parto uno de allá.

En sus delirios, Rogelio perdía la noción de tiempo y lugar. En ocasiones armaba planes como si estuviéramos en Colima, de donde partimos con el único objetivo de conquistar el Aconcagua. Sin embargo, tenía momentos de lucidez.

— ¿Sabes que no fue por mala suerte que caí a la barranca?
— ¿No? Entonces qué fue, ¿una bendición?
—No. Fue la manera que encontró la vida para que me reuniera con Ella.
— ¿Quién es Ella?
—La princesa india que vive en esta montaña. Se marchó poco antes de que llegaras tú.
— ¿Se parece a las princesas de los calendarios aztecas?

No respondió. Se quedó con la mirada perdida. Luego de un instante dijo, sin mirarme:

—Estuvo aquí conmigo. Me pide que no la abandone, que por años me ha esperado. Es tan dulce, tan buena.

Al día siguiente el sol iluminó el sitio en que nos encontrábamos, descubriendo un cielo limpio y brillante, distinto a los días anteriores, que habían sido grises y opacos. Sentí que en un día así sería fácil que los equipos de búsqueda nos encontraran.

Llevado por la emoción le grité:

— ¡Rogelio, Rogelio, mira qué cielo tan hermoso!

Pero mi compañero de aventuras no escuchaba más. Su espíritu había partido al lado de su princesa.



MG Fuentes

El Monólogo de Chago

…que dizque trabaje, que debo trabajar como la gente de bien, como si trabajar fuera la gran chingada; nomás afigúrate cómo será de bueno el pinche trabajo que pa’ vida de que lo hagas te tienen que pagar. No, no, conmigo no va ese jale. Cuando mi hermana se pone pesada con su machetito de palo de que: “Ora Chago, ya llegaste a mayor y no tienes ninguna derecera ni compostura; ya es hora de que cambies y dejes ese vicio cochino de la tomadera. Báñate, ponte ropa limpia y búscate un buen trabajo, agénciate una mujer que te dé hijos que vean por tu futuro, ya es hora de que pienses en la vejez”. Fíjate nomás, dizque mi hermana pensando en la vejez; no, no, de ninguna manera, yo no tengo por qué andarme preocupando por lo que no pienso vivir. Porque sabes qué, yo no pienso llegar a la vejez. A mí para nada me preocupa eso. Yo me ocupo del hoy, no del mañana, y mucho menos del pasado mañana. Y cuando escucho que ella quiere empezar otra vez con su sarta de regaños, le digo: Hey, hey, para tu carreta, que no estoy para sermones, que esos ni a mi hermano el cura se los aguanto, y con todo que para eso estudió. ¿Sabes qué hago, compa? Nomás agarro mis tilangas y ahí los vidrios hermanita amargada. ¿Y cómo no va a estar amargada, si no tiene jinete que la apacigüe? Nomás da el consejo y se queda sin él. Dizque búscate una vieja. Total, yo me digo: “ahueca el ala palomo y a volar a otros cielos”, que para eso tienes a tu hermano cura. Nomás pienso en él y luego-luego me acuerdo del vino que hay en la vitrina de la sacristía. Y ahí te voy hermanito, que ahora te toca a ti. Porque como te digo compa, eso de trabajar no va conmigo. Dizque trabajar, sí cómo no, pa’l trabajo los güeyes. Porque yo digo como decía mi primo Jacinto: “Si por comer me suda el cu…erpo, ingue a su madrina, mejor no como”. Que yo con mi hermana solterona y mi hermano cura tengo. Jodidos otros que no tienen a quien… visitar. “Que hay que trabajar, que piensa en el mañana, que en la familia, que preocúpate por la vejez”. Sí, cómo no. No compa, yo no me preocupo por nada de eso, porque ellos lo único que han sacado con tanto trabajo son puras enfermedades, que la presión, que el colesterol, que la depresión, que la jaqueca… y no sé cuántas más. En cambio mírame a mí, sanito por fuera y por dentro. A mí no me duele nada, pero eso sí, yo no trabajo ni me preocupo por nada… Ah, pero también quiero decirte una cosa, que yo estoy prevenido para cuando llegue la flaca, porque no quiero que nomás llegue y diga: “¡Vengo por ti y ahorita mismo nos vamos!” No, compa, nada de eso, que todos los condenados tenemos nuestros derechos. ¿Sabías que los condenados tienen derecho a un último deseo? Y mi último deseo es que no me agarre dormido y cargue así nomás conmigo, como si fuera bulto de basura; nada de eso, a mí que me deje despedirme, porque eso de que te vayas sin decir nada es de mala educación, y yo seré borrachito y todo lo que quieras, pero lo cortés no quita lo valiente. A mí nomás que me deje decir: “¡Ay te quedas mundo viejo, que con este gallo nomás no pudiste…!”


MG Fuentes

Devórame otra vez

Nunca me llama por mi nombre: mensita, muchachilla, bonita, así me dice,

Inició el domingo, ahí empezó todo. Decidí irme con Emilio; me llamó para proponerme una salida. De por sí el corazón es incoherente...

No sé qué es lo que más me gusta de él; a veces creo que son sus dientes filosos, otras su actitud teatral (es once años mayor que yo), cosas ridículas. Le gusta Emmanuel, ama el cine y escucha a Leonard Cohen. Cada vez que escucho ese vozarrón me cautivo más, me dan ganas de hacer el amor o de aventarme a una coladera.

Extremadamente incapaz, me convierto en una lasciva tremenda.

Ayer hice el amor muchas, muchas veces. Me abrazó (me hizo el amor), me miró (me hizo el amor), me besó la espalda (me hizo el amor). Hacemos el amor porque nos hemos atrapado.

Antes de tenerme tuvo a una tipa de su edad, eso lo hizo mientras estaba casado. Llegué yo y sigue casado, pero a la otra se le terminó su amoroso presagio. Su esposa, la bruja mayor, le lleva seis años, que no es nada; pero sí, lo agarró igual de estúpido a mí.

A mi madre le dije que se estaba divorciando. Mentira, piensa divorciarse, pero sólo eso. Quiere a Marina (así se llama la bruja mayor), la ama increíblemente: siempre me platica de ella. Ella se burla de él diciéndole que es incapaz de tener otra muchachilla como yo, que quién le hará caso con esa panzota.

Ya le dijo a su mamá, que me tiene, que tiene a una muchachilla; ah, porque a su madre le cuenta todo. Ella lo sobreprotege, a sus 33 años. Se ríe porque le digo que está peor que mi hermano el más chico, y se vuelve a reír cómicamente, como becerro sin leche. A mí me gusta. Tiene los dedos separados, camina como pato, pero a mí me gusta. Es peludo, habla ceceando y de repente casi gritando, pero a mí me gusta.

Ayer que comimos en los mariscos Homero, todos se dieron cuenta de nuestra llegada, porque él gritaba. Saludó a varios tipos, se encontró a uno que era de Sinaloa y, ceceando, le empezó a decir:

— Cabrón, en tu ciudad, no mames, hay un chingo de lana, de casinos. Me tocó ver a una vieja que amenazó con una pistola a un güey y le gritó: “te va a llevar la chingada si no le avanzas, unos vergazos te voy a poner”. Está cabrón por allá.

Y le dije “Emilio, nadie tiene la obligación de escuchar tus pendejadas o tus ministerios públicos, por favor baja la voz”. Se volvió a reír como becerro, y luego se controló. Eso también me gusta un chingo, que me haga caso, aunque a veces dudo que haga lo que yo digo. Si viviéramos juntos, ni madres que me obedecería.

Y tengo que pensar en mí, no siempre le voy a tener, no siempre me va a comprar tarjetitas para mi celular, comiditas; además, a él no le gustan las chiquillas como yo. Anda conmigo porque me le metí como piedrita al zapato, por eso la idea es dejar de escuchar a mi madre, dejar de creer que soy un parásito, estudiar, sí, por internet, historia o sociología; no quiero terminar panzona y amamantando. Ya me resigné. A los 27 terminaré la licenciatura, a los 31 la maestría, y seguramente para esos años ya habrán concluido los amores rencorosos, olorosos, espaciales, terrenales. Un hijo, dos hijos, lloriqueos, pañales, libros, pastel, historias, venganzas, subir de peso, bajar de peso, tristezas, canciones. Con eso de que estoy leyendo a Krishnamurti: "el conocimiento de uno mismo", dice, pero ni madres que me conozco, nomás trato de olfatearme.

Ayer vino por mí y ni siquiera me miró, ni siquiera se hundió en mí como siempre lo hace, sólo me dio un besillo en la frente y le pregunté por qué se portaba así. Nada. Pasemos al café, pedimos un té, luego se puso a contarme de los judíos, de sus hijos y a reírse como becerro. Le pedí que nos fuéramos, que no era justo lo que hacía para una muchacha de veintidós años. Me encabronó. “Está bien, está bien, a dónde quieres ir, preguntó enfadado”. “Vamos a un lugar donde podamos abrazarnos, donde podamos ser nosotros”.

Caminamos, llegamos a su carro, y de la cajuela sacó su pistola y una paca de billetes. Se metió la pistola al pantalón. Trepamos al carro. Leonard Cohen de fondo volvió a aparecer. Yo iba nerviosa, me daba miedo saber que traía un arma y pensé que un día le entraría el odio y me mataría, que me dejaría muerta en esos hoteles tan fríos, porque en los hoteles se da el tono perfecto de nuestro amor.

Lo bueno fue que el cuarto del hotel al que llegamos tenía puesta la música, algo así como Devórame otra vez. Me empezó a besar, yo resistí, le dije que sólo dormiríamos, eso era lo acordado. Le valió, empezó a quitarse la ropa. Dejó la pistola a un ladito. Cuando vi que la panza le brotaba en todo su esplendor nocturno, se me quitó el miedo. Dijo que no fuera payasa, que me desnudara para sentirlo, y que él me cubriría con su alfombra de pelos. Solté la risa, sólo me quité la blusa, luego me miró, sonrió y volvió a hablarme como me gusta: bajito. Ahí es cuando yo lo quería abrazar con las piernas.

Insistió en que me quitara el pantalón. Le dije que olía a pipí porque éste me apretaba y cada que iba al baño y lo quería bajar, de la fuerza que hacía para quitarlo se me salía un chorrito de orines, que por eso andaba media miada. “Qué importa, quítatelo, abrázame, oríname, qué tiene, nos bañamos y ya. Te quiero, mensita, pinche muchacha, me gustas por ocurrente, me gustas porque te pareces a una actriz italiana”. “Mmm, qué coraje”, le dije, y alzó las cejas; “sí, qué coraje que haya una mujer con mis ojos, y más que sea actriz. Mira, toca mis piernas, ves, toca mi panza, ésta es Liliana”. Y nos abrazamos desnudos para dormir.

A otro día llegué temprano a la casa. Mi madre ni me regañó, estaba pálida. Me dijo que la muerte le habló, que ésta era de colores, que le tentó el hueso de la cadera, que la asustó diciéndole: “vengo por ti”. Hasta le rezó un padre nuestro. En el nombre de Dios le dijo que se fuera, y la muerte obediente se marchó. Se morirá mi madre, se morirán sus gritos, sus enfermedades, se morirá ella. En este caso, a veces no sé qué prefiero.

Ayer, Emilio y yo nos tomamos unas fotos con su celular. Como que me está chupando la energía, porque varias arrugas salían en relieve de mi cara. Me estoy haciendo vieja y él está viviendo. Le dije que me pagara con una mariscada. Me complació. “Sólo pásate al asiento de atrás porque llevé el carro a lavar y ya ves como están esos de pendejos, pinches cuachalotes, puro mariguano trabaja en los autolavados; aventaron un balde de agua, me empaparon el asiento y pos te vas a mojar el culo. Mejor te pasas atrás. ¿Te late, bonita? Pero no te ignoro. Voy manejando y, chingón, puedo ir acariciándote la manita”.

Está bien, Emilio. Me paso atrás y entonces vienen de nuevo los paisajes de Colima, de Comala y luego al hotel, panza de buda, pistola y muchachilla que sueña con salir de esta mierda.



Indira Isel Torres Cruz

Carta a Björk Guðmundsdóttir

I play dead, it stops the hurting…

Quiero decirte que te admiro, no por tu comportamiento polémico que aterra a la gente, sino por tu carácter, tu entrega al cantar con esos bramidos salvajes como volcanes haciendo erupción o pedazos de hielo resquebrajándose y tus fuertes letras que sutilmente me hacen temblar de miedo y felicidad, que me hacen ir a ese lugar escondido y olvidarme a ratitos de la realidad. Quiero que sepas que por tu música y tus videos me han nacido muchas ganas de visitar Islandia, ver esos paisajes emotivos que te inspiran, escuchar el lenguaje nativo, conocer tu cultura mística. Quiero conocerte también, pero no me arriesgo: dice la prensa que sueles ser agresiva con los periodistas y que puedes causar daño en los fans que te admiran y ansían conocerte en persona.

Me sorprendí mucho cuando supe del chico que escuchaba I miss you: but it hasn't happened yet… idolatrándote tanto hasta perder la razón, y que llegando a grabar su obsesión en videos durante nueve meses… mandó una bomba a tu casa. Así, extrañándote sin haberte conocido, se suicidó.

Esa canción me gusta, tiene ese toque tuyo de ternura violenta, pero yo hubiera preferido Play Dead, es más real; hasta el nombre queda bien ahora en noviembre: jugar al muertito… ¿En verdad detiene tu dolor?

Saludos a tu hijo.



PD Ya me voy a dormir, solo quería despedirme, pensaba que si no te escribía esta carta no iba a poder descansar.

Ahora si, voy a ponerle Play… a la muerte.




Claudia Moreno Olmos

Azulado

Para Nelson

Toda la noche batalló con la noche, mirando las paredes blancas de su cuarto y la luz encendida del patio vecino.

La mente lo distraía con los recuerdos del día: el rico sonido de Miles Davis en Kind of Blue, el ir y venir cotidiano, la música, la familia, el amor, los amigos, el cansancio y la dicha de ese momento en que se dejó llevar y armonizó su pasión al piano; allí se sintió libre experimentando con melodiosas armonías.

Pero esa noche no lograba dormir. Buscó la calma escuchando a Bach, pero no la consiguió. Demasiadas voces en su cabeza como para concentrarse. Terminó el disco y seguía despierto. No lograba relajarse. Lo atemorizaban los ruidos que venían de la cocina y del patio vecino, ruidos de personas murmurando algo sobre la muerte —al menos eso imaginaba—.

Para tranquilizarse pensó en la rutina que lo atormentaría desde temprano al día siguiente. Decidió ignorar las voces en su cabeza y volver a la soledad de Kind of Blue para terminar el día como empezó. Seguro que con Miles, Coltrane y Bill Evans, se dijo, encontraría la paz que aquellas voces y la luz encendida interrumpieron.

Al día siguiente, de nuevo ante el piano, no pudo evitar que sus manos tocaran All Blues como si un ánima se hubiera filtrado por sus oídos, hipnotizados con Kind of Blue, y se apoderara de su cuerpo para liberarse a través de él. Así, como impulsado por una fuerza externa, comenzó a tocar los coloridos acordes y una improvisación auténticamente bella, con un sonido que él conocía bastante bien: el de Bill Evans, ese espíritu revolucionario del jazz que todas las noches continúa a su lado.


Claudia Moreno Olmos

El Hombre de Cristal

I
Llegué a la banca de hierro colado del jardín. Estaba sentado allí un hombre de aproximadamente setenta años (después me platicó que tenía setenta y ocho). Era de buena estatura, tez morena, con bigotes y usaba anteojos con cristales gruesos. Su voz era pausada y sin alteraciones. Él empezó la platica, me dijo: “¡Qué molestos se han vuelto los pedigüeños! Por aquí llegan muy seguido uno detrás del otro. Mire usted, ahí viene este cerdo con su canasta de a diez kilos de monedas, cada vez que la llena. Que dizque es para construir una capillita, pero tiene un negocio próspero en la calle Medellín, aquí en el centro, donde vende ropa y joyería de oro. Allí tiene dos santos con su mitra de madera ranurada para recibir limosnas. Él mismo platica que no tiene necesidad de robar, porque tiene cuatro casas y tres de ellas se las va a dejar de herencia a su perro “Roque”, un perro fiel, ya viejo, que lo acompaña por el centro de Colima”.

También, me dice, “acaba de pasar la que empuja en silla de ruedas a un jovencito con una pierna más corta que la otra. Ella pide para la operación con que le emparejarían las piernas al muchacho. ¿Qué, le irán a recortar la más larga? Y ya pasó la señora Juana, que todo el día pide dinero para calmar su hambre, que de verdad sí que la tiene, aunque esté pasada de peso unos sesenta kilos. Mínimo se toma ocho coca-colas en el curso del día. Se come tres o cuatro rebanadas de pizza, dos o tres hot-dogs, cinco paletas y varios helados a cada rato. Así todo el día. Después se sienta en una de las bancas y se ríe con una risa estridente. Habla sola platicándose sus chistes para estallar en carcajadas, y con la misma carcajada le mienta la madre a quien ella quiere. No le den dos pesos porque se los regresa aventándoselos en la cara; les dice que con esa tarugada no compra nada. Quiere diez pesos. Luego le dan ganas de hacer chis y va al palacio de gobierno, que esta a un costado del Jardín. Allí los policías, que hacen guardia en la puerta, la ven entrar a los baños del palacio de gobierno, pero mejor la ignoran. Creen que viene sucia de que se hizo en los calzones, si es que usa. Me contaron que cuando no alcanza a llegar a los sanitarios del palacio de gobierno, se orina en las fuentes de este jardín, el Libertad, donde hay gansos de bronce en el centro, con el pico estirado echando agua hacia arriba. Ella es fea con ganas. Con sus ojos saltones y su barba cana crecida y asoleada, porque todo el día vive en el jardín. Huele mal, muy mal, su piel es grasosa y su pelado típico de enfermo de manicomio.

“Fíjese usted, ni yo, que tengo un problema grave. De pronto me caigo porque tengo enfermos los oídos como resultado de que se me inflaman las adenoides. Las narices se me hinchan al grado de no poder respirar. También tengo la columna vertebral desviada; no puedo hacer esfuerzos ni trabajar; tengo diabetes, triglicéridos en la sangre y la presión alta, esto sin contar mi problema de próstata. Fui al médico particular, porque no tengo seguro, y me hizo un chequeo general. Me dijo que estoy mal, muy mal, al grado de que me puedo caer y romperme la columna. Tal vez ya no podré pararme o caiga muerto. El doctor me dio la receta para surtirla, pero ésta me cuesta casi los cuatrocientos pesos y yo no tengo pensión, ni trabajo, ¿de dónde saco para surtir la receta? A mí me ayuda el DIF, pero su ayuda es poca y tarda en ocasiones dos o tres meses en llegarme. Ando sin dinero.

“Mi oficio es el de Sastre. Lo ejercí en Estados Unidos casi por veinte años. Pero aquí en Colima a quién le hago un traje, con estos calores que asan a la gente. De todas maneras algunas veces me caen trabajos de reparación de ropa y con eso la voy pasando. Pero hay trabajos que de plano mejor no hago, como el que me salió hace poco. Un hombre quería una reparación en su chamarra; llegó diciendo: ‘arrégleme esta chaqueta pero cóbreme baratito, porque no tengo mucho dinero’. Quedamos en que tan sólo le cobraría cincuenta pesos. ‘Está bien, se la dejo”. Le digo: ‘oiga, déjeme algo para el material’. Cuando le dije que serían treinta pesos que se enoja, que agarra su ropa y se marcha mascullando groserías. Aquí la gente quiere barato y, que además uno ponga el material y la mano de obra.”

— Bueno señor, ¿tiene usted esposa, hijos?, le pregunté.

— ¡No, qué voy a tener esposa! El medico me dijo que no me casara nunca, porque tengo tan delicada la columna que un abrazo, un empujón fuerte, que ella se me subiera o que yo me le subiera sería mortal para mí. Que ninguna mujer se me podía acercar. Es más, nada... y con el carácter que tienen algunas... ¡Me matan!

— Bueno, pues, sin relaciones sexuales, sólo de compañía, para no estar solo en la vejez.

— No, no, tan sólo conque se me acerque una mujer podría morir. Eso de la mujer prefiero tomarlo a la distancia. Prefiero vivir un poco más de tiempo solo. Además, tengo muy malas experiencias con ellas. Son puros problemas cuando lo atrapan a uno. Queda uno prisionero con los gastos que tener mujer conlleva: la comida, la medicina. Porque eso sí, siempre están enfermas de algo, sin contar con sus flujos y reflujos... Después el carácter, los caprichitos, la fidelidad o infidelidad… y a veces sus celos. Hay que cuidarlas de que no cometan deslices, y uno se va haciendo celoso, desconfiado, hasta el punto de que todo lo que hacen se vuelve sospechoso… ¿Sabía usted que por lo único que el hombre mata es por la mujer… o por la familia?

Ahora mi compañero de banca exponía su propia filosofía, y miraba en su rostro cierta melancolía. Me dio qué pensar tan rara conducta. ¿No sería homosexual? Era tan frágil físicamente como un cristal. Era, pensé, un hombre de vidrio que vivía al pie de la letra la receta del médico: no podía trabajar, hacer el amor ni ejercicio. Sin embargo, aunque se veía frágil, parecía de buena salud: no se le notaba ninguna de las enfermedades que decía tener. Al observarlo bien, el hombre de vidrio era anguloso, filoso y cortante en su transparencia. Parecía más bien un pedazo de cristal astillado.

Llegué a pensar mal de él, me imagine que estaba huyendo de la justicia, que había cometido algún crimen en Estados Unidos, que apenas estaba saliendo de la prisión. Según él su felicidad se alojaba en la calma y la soledad, por lo que evitaría cualquier problema a costa de no involucrase en nada. Ni mancha ni mácula que empañara esa transparencia de cristal traslucido y frágil. Ésa sí que es verdadera soledad, me dije, sin palabras, soledad inhumana, de planeta hostil.



II
Aquí en Colima no hay mucho en dónde divertirse, de no ser ir al cine, a comer tacos dorados en los botaneros y actualmente visitar la enorme tienda de Liverpool con sus salas de cine. Es por eso que las familias visitan los jardines espléndidos de Colima y asisten a las serenatas del kiosco del centro del jardín Libertad. Ahí, los viernes toca el mariachi, los sábados una estudiantina y los domingos la orquesta del ayuntamiento. Y sorpresa, allí estaba, un día de baile, el hombre de cristal con una camisa blanca y un pantalón azul que le quedaba un poco corto, arriba de los tobillos. También estaba la señora Beatriz, una parroquiana que asiste a las tocadas de serenata con la esperanza de bailar unas dos o tres piezas, si es que encuentra bailador, y si el director de la orquesta tiene a bien tocar música bailable. Ella asiste con su hija de diecisiete años.

Doña Bety, como la conocen sus amistades, es una señora sin esposo y con tres hijas. La más chica, de diecisiete años, es la que suele acompañarla. Beatriz va al jardín Libertad a bailar porque es libre de marido y no tiene quién le prohíba ni le reclame nada. El Hombre de cristal llegó hasta ella y su hija y les dio un fuerte abrazo y un besote en la mejilla. Yo me quedé impávido diciéndome: “¿a qué horas este hombre cae al piso muerto?” Luego empezaron a tocar una cumbia, después un danzón, y el hombre de cristal bailó con doña Beatriz ambas piezas sin caerse, sin romperse, sin morirse. Bueno, ¿qué pasa aquí?, me pregunté. Este hombre me engañó contándome sus enfermedades y prescripciones médicas y he presenciado todo lo contrario. Aguanta varias piezas de baile sosteniendo en sus frágiles brazos una dama de más o menos ochenta kilos, alta y fuerte. Se ve que es incansable para bailar y tiene una condición física envidiable.



III
Una noche como a las siete, me senté en una banca del jardín Libertad para refrescarme y ver pasar algunas damitas lindas. Allí estaba mi personaje, el hombre de cristal, en otra banca de fierro acompañado de una señora diferente. Yo levanté mi mano derecha y lo saludé de lejos. Él me contestó con un leve movimiento de cabeza, como si le diera vergüenza que lo viera con esa señora. Después, sin despedirse, los dos se levantaron y se fueron. Pensé: “qué buena oportunidad tuve de platicar con él, y ya se me fue”.



IV
Al otro día volví al jardín a ocupar la banca de hierro colado que acostumbro y, para mi sorpresa, a los pocos minutos llegó el hombre de cristal. Se había boleado los zapatos, traía su camisa blanca y los pantalones azules; se notaba acicalado, como si fuera a tener una cita amorosa. Le pregunte: “¿a dónde va usted tan galán?” “Aquí al jardín, a bailar las únicas tres piezas que son bailables y que nos hace el favor de tocar la orquesta del ayuntamiento”.

— ¿Cómo nada más tres piezas?

— Sí, nada más tres. Tocan más, pero se trata de piezas que no son bailables: una marcha circense, alguna pieza semiclásica y otras folclóricas; y de cajón: “A mi manera”. Tal vez no se saben otras; siempre tocan las mismas piezas. Me dicen que tienen muchos años haciéndolo, pero como no se puede protestar, como imagino que los defiende su sindicato, y como además el que debería sugerir algo no lo hace, que es el señor alcalde, pues cada quien hace lo que quiere. A fin de cuentas son burócratas.

— ¿Cómo sigue usted de sus oídos, señor?

— Pues no muy bien. De todos modos camino con mucho cuidado, por aquello de las dudas, de que pueda caer y ya no levantarme.

— La otra vez lo vi sentado en una banca con una señora…

— Sí, mire usted, es una vieja que quiere conmigo, que me busca, y en ocasiones me trae de comer o de cenar aquí al jardín; quiere que la lleve a mi casa, pero no puedo: La casa no es mía, yo no tengo muebles ni cama, ni mesa, ni televisor. ¿Para qué la llevo así? Lo que quiero es no tener problemas con nadie ni involucrarme con mujeres seriamente. A decir verdad, ya no se me para. Eso ella no lo sabe, pero a lo mejor se lo imagina.

“Bien sabe Dios que no puedo hacer feliz a ninguna mujer, continuó, tengo un pie con la muerte y otro con la vida. Ya lo intenté por muchos años en Estados Unidos. Me relacioné con una mujer americana, muy de mi agrado, muy bonita y hermosa. La amé como a nadie he amado en la vida... y la sigo amando. En una ocasión me dijo un amigo: ‘Oye vale, quiero contarte algo, no me lo vayas a tomar a mal, pero esa muchacha te engaña. Viene un fulano alto, bien parecido, en un carrazo, y se la lleva cuando no estás. Si lo dudas, vente mañana en la mañana como a eso de las doce del día y lo vas a comprobar con tus propios ojos’.

“Al otro día me puse un sombrero de paja, un pantalón overol, de albañil, y me senté cerca de la puerta de nuestra casa, con el sombrero sumido hasta las orejas. A los pocos minutos llegó un carro verde oscuro. Salió mi esposa apresurada y perfumada; iba guapísima, subió al auto y se fue con él. Tomé el taxi que había contratado de antemano e hice que los siguiera. Ellos, sin preocupación alguna, se metieron a un hotel. Yo esperé fuera pensando en matarla o matarlo a él. Después, decidí que sería mejor ir a la casa a recoger mis pertenencias y abandonarlo todo para no volver a saber de ella. La quería demasiado para matarla o hacerle daño. Y así lo hice. Le dejé una nota escrita donde le contaba que había descubierto su canallada.

“Ya lejos y después de medio año, el amigo que me había informado de la desdichada traición me comunicó, telefónicamente, que me hiciera un chequeo físico porque la mujer de mis sueños estaba en un hospital de sidosos, muy enferma. Su amigo la había contagiado. Así que mi situación física, moral y sentimental, ya se la puede imaginar...”

Con los ojos nublados por las lágrimas y después de un breve silencio, se levantó de la banca donde platicábamos y me dijo que tal vez no lo volvería a ver. Luego se retiró. En ese momento las campanas de catedral tocaban el Ángelus tristemente.

Mi hombre de cristal estaba totalmente roto.



Álvaro Liñán y Omaña

A los toros

Ese día le dije a mi madre: “prepárese usted que un amigo va a torear, me dicen que es muy bueno. Su hermana, una persona muy amable, me regaló dos boletos para ir a verlo. “¡Bien!, dijo mi madre. ¿A que hora nos iremos?” “La corrida empieza a las cuatro, le dije, así que un poco antes para llegar a tiempo”.

Recuerdo que guardé los boletos para la corrida con mucho cuidado, entre el billete de cinco pesos y el de uno en mi cartera de cuero vieja, pero que a mí me gustaba mucho. Además, ahí guardaba la fotografía de María de la Luz, una muchacha de la que estaba enamorado, aunque ella no lo sabía.

Ya arreglados salimos de la casa; mi madre llevaba una bolsa con limones reales como golosina, para comerlos durante el festejo. Tomamos un camión que venía lleno, pero que nos llevaría hasta la plaza de toros en aproximadamente treinta minutos. Todos apretujados, espalda contra espalda. Cuando llegamos a la plaza todos se bajaron. Mi madre y yo íbamos entusiasmados y contentos.

Las cuatro de la tarde casi marcaban el reloj y veíamos gente apresurada corriendo por llegar a la entrada en la que había cola. Nos formamos y avanzamos hasta el boletero, y al buscar mi cartera en la bolsa del pantalón ya no la encontré. Me la habían robado con todo y los boletos de entrada, mis únicos seis pesos y la foto de Lucha. Y ya no pudimos entrar a la corrida. Recuerdo que cuando le informé a mi mamá de la pérdida ella dijo resignada: “No te apures hijo, al fin que ni me gustan los toros. Regresémonos. Hay que apurarnos, porque tendremos que caminar, ya que no te dejaron ni para el paseo de regreso. ¿Y sabes que?, agregó, en el camino nos vamos comiendo los limones que traje. Festejaremos a quien te dio a ti la ‘Alternativa’... o la puntilla”.

En el camino de regreso alcanzamos a escuchar la algarabía de los fanáticos gritando dentro de la plaza: “¡Ole!..¡Ole!..¡Ole!..”

Álvaro Liñán y Omaña

Comentarios de César Anguiano al libro "Relatos de la Concordia"

Ser maestro es difícil, y más cuando se trata de enseñar algo a otros escritores. Quienes desean publicar buenos libros —novelas, cuentos, poemas—, aunque sean tímidos, casi siempre poseen una gran personalidad. Podrán permanecer silenciosos durante la exposición, hacer cara de que aceptan las sugerencias, los regaños del instructor, pero casi siempre terminan por conservar sus propias ideas. Si perciben cierta amenaza a su personalidad, que consideran sagrada, simplemente abandonan el campo y siguen por la libre. Pero ser escritor es difícil, de cada cien que buscan el camino, sólo uno o dos lo encuentra. Y sólo uno, de mil, resulta verdaderamente bueno.

El maestro de creación literaria, al contrario de como se hace en otras disciplinas, no se limita a corregir ortografía, estilo, o a sugerir temas. El que trata de mostrar a otro los secretos de la literatura, es una suerte de maestro en el amplio y antiguo sentido de la palabra: enseña a los seres humanos a encontrarse a sí mismos. O en todo caso, a que su alumno busque y encuentre su propia voz.

Todos los seres humanos tenemos ideas, sentimientos, imágenes del mundo, voz propia. Sólo que muy pocos se atreven a hacerla oír. La sociedad humana puede sostenerse sólo en virtud de esas pequeñas o grandes renuncias a nuestra propia libertad, a nuestra voz. Aunque no nos demos cuenta de manera consciente, nos parece normal callar lo que sentimos, proteger con nuestro silencio a los que amamos, a nosotros mismos. Dejamos de ser lo que realmente somos. Y nos parece normal.

El maestro de creación literaria nos dice todo lo contrario. Nos insiste en que somos únicos, que nuestro modo de ver el mundo, la vida, no se parece a ningún otro; cree en los seres individuados, diferenciados. No confía en la manera de pensar, estandarizada, de las masas. Nos enseña el valor de ser nosotros mismos; y nos insiste en que sin valentía, no hay libertad ni individuo. Ni voz. Excepto la de la radio, o la televisión, que puede estar manejada por el gobierno.

El que dirige un taller literario debe poseer un acervo cultural amplio y rico. Saber de estrategias narrativas. Una historia está bien contada siempre que se cuente desde un registro, un tono, una voz verdadera. Pero eso sólo es la mitad del trabajo. La otra mitad es arte, además de un poco o un mucho de fría estrategia. El alumno debe tener opciones, escoger la manera en que contará su historia, y para eso necesita ejemplos. Leer. El maestro debe recomendarle libros en los que pueda encontrar lo que necesita, lo que busca, lo que le permitirá encontrar no sólo su propio camino, sino los recursos, los diferentes modos en que puede transitar por esa vía.

Ser maestro de creación literaria es bastante difícil, pues; pero Jorge Vega, a juzgar por los trabajos publicados en este volumen, lo ha logrado plenamente. De casi todos sus alumnos se puede decir que poseen voces propias. Hay unos mejores que los otros, pero ninguno carece de cierto interés. El grupo es diverso, y de él, aunque ésta no sea la más importante de sus características, hasta se puede decir que es políticamente correcto; es decir, encuentra y representa muchas de las tendencias y grupos que conforman nuestra sociedad. Algunos de ellos, como Álvaro Liñán, poseen un verdadero gusto por la narrativa. Álvaro posee ojos que saben verlo todo, para pasarlo luego a la hoja en blanco. Otros, como Claudia Moreno, miran hacía adentro, hacía su propio y relumbrante insomnio blanco. Los hay evidentemente modernos, o tradicionales. M. G. Fuentes es un heredero nada despreciable del autor anónimo del Lazarillo, igual que Ángel Gaona.

Indira Isel Torres ha aprendido, quizá mejor que ninguno, que el territorio de la literatura es el de la libertad; escribe con valentía, sensualidad, con la intención, no de dar respuestas sino de buscar, de encontrarse. De paso, como quien no quiere la cosa, retrata de excelente manera el mundo en que vive. Diana Selene habita en un sueño delicioso, uno colorido y feliz. Al final, siempre termina por despertar; pero al igual que ella, los lectores de sus historias deseamos que siga y que siga soñando.

Armando Polanco, igual que varios de sus compañeros, cuenta con registros múltiples. Tiene, al igual que M. G. Fuentes y Ángel Gaona, la vena de la picaresca; pero también una manera diáfana, poética de narrar. Su texto Coquimatlán, junto con Sorry, Gisella y Devórame otra vez —de otros dos de sus compañeros—, demuestran que, pese a los prejuicios existentes, los talleres literarios si funcionan. A veces.

Pedro H. Morales es el Casanova del grupo. ¿Y por qué no habría de haber uno en el taller de La Concordia? El calavera melómano de Gisella nos cautiva; lo único que lamentamos es que no se nos permita ver un poco más, que nos impida disfrutar de los placeres del mirón. Esperemos que un día se decida a hacer pleno uso de la libertad que le ofrece la literatura, y nos regale un libro tan voluminoso, divertido y excitante, como las memorias del Casanova original.

Clemente Ramírez y Tomás Espinosa nos demuestran que las formas breves también pueden ser profundas. Aunque ninguno de los textos de Espinosa habla de animales, al menos un par de ellos pudieran denominarse fábulas. Clemente Ramírez nos habla de la armonía existente en el todo, de las relaciones entre las cosas; la perfección de un verso puede encerrar la perfección del verdadero amor, estimularlo, hacer que se mantenga vivo.

Este libro, en muchos sentidos, es un examen de titulación. Varios de los alumnos de Jorge tendrán que empezar a volar solos; pero el taller de La Concordia seguramente será su alma mater. Esperemos que el interés de Vega por la enseñanza no decaiga y, en un año o dos, tengamos un nuevo libro de su taller. No nos comprenderemos como colimenses si no surgen artistas, creadores, que trabajen al respecto.


César Anguiano

Taller de Narrativa

Hace más de dos años, con el patrocino de la Secretaría de Cultura, un grupo de alrededor de diez personas nos hemos venido reuniendo todos los martes, de siete de la tarde a nueve de la noche, para hablar de literatura, de la creación, y para escribir cuentos, relatos, crónicas, y hasta borradores de novela.

Al principio nos reuníamos en una casa particular del centro de la ciudad; luego sesionamos en el Archivo Histórico del Gobierno del Estado, que se ubica en el jardín Juárez o de la Concordia y ahora lo hacemos en el Centro Cultural Mexiac, ubicado en 16 de septiembre 87, en el centro de Colima.

En ese lugar, y con el apoyo de galletitas y refrescos hemos discutido y analizado, siempre con la idea de mejorarlos, los textos que los talleristas han querido compartir. Los comentarios, por lo demás, suelen ser duros con los textos flojos, pero elogiosos con los trabajos bien hechos.

El propósito del taller es lograr que los textos se carguen con la visión y el mundo personal de cada participante y hacer que los escritos adquieran esa cualidad tan difícil de lograr en las buenas obras, que es la sinceridad literaria, para lo cual se necesita —como lo hemos podido comprobar en las discusiones cotidianas— pasión y mucho valor.

En lo personal, he comprobado con el taller que en verdad uno aprende enseñando, pero sobre todo escuchando a los demás. Lo que encontrarán en este blog es la selección de los mejores trabajos realizados en el taller.


Jorge Vega

Nota. Este 29 y 30 de julio acabamos de publicar nuestra primera antología, que titulamos Relatos de la Concordia.